YO, EL MÁS FUNESTO (1)


“Las acciones de los perversos como el Vizcacha pueden preverse, pero las de los estúpidos no. Los peligrosos somos los estúpidos. En esta historia, el más funesto fui yo”, piensa el doctor Basaldua...

Un muchacho se acerca y pega el rostro a su ventanilla. Ese rostro amoratado por el frío, con la punta de la nariz tan apoyada contra el cristal que la asemeja a una ventosa, lo sobresalta. ¿Un curioso que pasaba por allí? Lo mira sostenidamente porque le resulta familiar e intenta reconocerlo. El muchacho avanza un paso hacia adelante y le hace señas al oficial que está junto al conductor, para que baje la ventanilla. Este hace oídos sordos. Basaldua piensa que no la baja porque caen copos de nieve, enormes, algunos solitarios, otros pegoteados entre sí. Pero no es esa la razón, porque el oficial le dice al inoportuno, impaciente, con gestos ostentosos y en voz alta, para que lo escuche a través de los cristales:

–No, nada que informar. No, te digo que no. Salí de acá. Entendé querido, el juez decretó el secreto del sumario.

–¡Es el reportero del diario! –se percata con desesperación. Pero ya es tarde, pues le ha tomado desprevenido media docena de fotos que garantizan que mañana estará en la portada con los más grandes titulares posibles.

No le tiene tanto terror al banquillo de los acusados como a la persecución del periódico local y al escarnio público. Asume que su imagen social –la que imagina haber proyectado a lo largo de su carrera– se verá afectada gravemente. Pero que ese desmedro sea tan ostensible y concluyente, le sabe mucho peor que lo condenen a una pena privativa de su libertad.

Su ánimo ha estado más inestable que de costumbre desde que este novelón comenzó. Ahora, al pensar en la repercusión social, el pecho se le hace plomo y se entristece...


No podría darle forma a los pensamientos, ponerlos en palabras y sacarlos afuera, si quisiera. Pero las conclusiones están allí, muy en lo profundo de sí. Ellas giran y vuelven a girar en torno a la idea de la imbecilidad humana en general y a la suya propia en especial, que no lo abandona. El tema es para él un telón de fondo caprichoso, errático, voluble, en el que se recorta su figura. Comprueba que existen personas intrínsecamente estúpidas que actúan como tales, todo el tiempo. Y aunque ahora se pregunte si es uno de esos y se conteste que no, que no lo es, reconoce que actuó igual que ellos; peor aún, como el mejor de ellos. Y también es consciente de que no puede achacarle las consecuencias ni a los astros, ni a Runflo. Si la vileza de este no se hubiera combinado con su desatino, las cosas no estarían como están. La perversidad de uno, sin la estupidez del otro, no habría sido tan devastadora.

“Averiguación de las causas y consecuencias de una historia estúpida – Expediente n° xxx”, así debería caratularse la causa”, concluye.


PUNTO DE FUGA, novela.

Fragmentos Primera Parte, Capítulo 1.

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