YO, EL PINTOR DE CARDENALES

Amo este cuento y se deja amar por todos los que lo leen. En este post, va completo.

¡Zambullite!

Puede decirse que mi presente es el resultado de una infancia singular en la que se ligaron personas, hechos y sentimientos como en un castillo de naipes de tal modo que uno de más, uno de menos, nunca habría alcanzado la cima. A veces me pregunto si mi destino no era ser el que soy sino que, quien soy, era el destino de otros. Así, el destino de mi madre, venir al mundo para traerme y luego morir cuando yo tenía diez años; el de mi padre, procrearme como hijo ilegítimo casi oculto en el campo, con un hermano mayor legitimado y manifiesto en la ciudad. Fue la confluencia de lo que sufrí como un abandono de mi madre y un desprecio de mi padre lo que me hizo sentir orgulloso de ser orgulloso, vicio que no recomiendo, pero que en mi caso actuó como un motor que me quitó de la cabeza la fantasía de colgarme de uno de los molinos del campo.


Yo vivía en una casa humilde de Buena Fortuna, un pueblito pequeño, ventoso y desolado. Allí me cuidaba una madre sustituta elegida por mi padre. Se llamaba Juana, era una señora mayor, iletrada y rústica. De esto caí en la cuenta con el tiempo. Ella me transmitió secretos de supervivencia, aunque no de la vida. Esto lo podría haber hecho sólo mi madre. A mi padre lo veía una vez al mes cuando venía desde la ciudad al campo, pegado al pueblo donde yo vivía, a comprar o vender hacienda. Lo único que observaba de él era ganar dinero y eso es lo que se constituyó en la clave de mi vida: ganarlo por mi propia cuenta. La madurez me demostró que yo no tenía ningún otro propósito porque la lectura que había hecho de las cosas era que de esa manera se cerrarían las puertas de mi soledad y se abrirían las de la consideración y de las de la importancia. Lo cierto es que terminé ganando mucho dinero, aunque eso sucedió cuando ya había dejado de interesarme. También logré la consideración y la importancia, pero no de quien lo hubiera necesitado.


Por aquel entonces mi decisión fue vender pájaros. La idea la tomé del mal apodado “Turco”. El turco Jacinto se dedicaba a vender gorriones que atrapaba con un cajón de manzanas colocado boca abajo sobre una pequeña montaña de alpiste y a uno de cuyos lados le montaba un tope improvisado con una rama pequeña de árbol, de manera tal que por la abertura que quedaba pudieran entrar los gorriones a comer. Jacinto ataba la rama con un cordel que arrastraba consigo unos metros hasta el lugar donde se sentaba a esperar. Cuando llegaban los gorriones y entraban al cajón, tiraba del cordel, la rama caía y la trampa se cerraba. De ese modo, juntaba los gorriones que a la vera del camino vendía a los que pasaban desde el campo a la ciudad. En lugar de gorriones, decidí vender cardenales porque eran más buscados y se pagaban mejor.


Para eso, necesitaba una suma de dinero con el fin de comprar el macho pichón que después de entrenado habría de cumplir la función de llamador de otros cardenales ‒el llamador es el pájaro que desde pequeño es entrenado para convocar a la lucha, pues los cardenales son atrapados en el momento en que se lanzan a la pelea por el territorio‒. ¿Cómo conseguir el dinero? Mi padre le entregaba todos los meses a Juana una suma que alcanzaba para su sueldo y nuestra comida. Cualquier otro gasto era considerado no esencial y debía ser aprobado por él. El hecho de que trabajara a las órdenes de mi padre en el campo y recibiera más exigencias que el más guapo y más reprimendas que el más inservible de los peones, no me daba derecho a propina alguna, así es que ni siquiera cruzó por mi cabeza pedirle dinero, sino sólo un préstamo que habría de devolverle religiosamente en su próxima visita. Sin embargo, después de empujarme a que le explicara para qué necesitaba ese dinero, me enfrenté a un doloroso “no”. Peor aún, le hizo saber a Juana que mi pretensión de dedicarme a la venta de pájaros quedaba prohibida. También me enfrenté a la negativa de Jacinto cuando le propuse ayudarlo en la venta de los gorriones a cambio de unas monedas, con un agravante: el error de comentarle que todo tenía por fin dedicarme a vender cardenales me costó recibir una advertencia. “La venta de pájaros es mi negocio muchacho. Ni se te ocurra seguir mis pasos”, me dijo. En ese momento no pensé que Jacinto pudiera llegar a pasar del simple aviso a una acción innoble.


Al final conseguí un trabajo de una hora al día con el verdulero del pueblo que consistía en bajar los cajones de verduras y frutas cuando llegaba el camión repartidor. Me llevó mucho tiempo juntar las monedas y hasta algunos billetes para concretar la deseada compra.


Blas fue el nombre que escogí para el hermoso llamador empenachado de plumaje amarillo y canto de cinco notas batidas y repetidas, padre-hijo-espíritu-santo-amén, a modo de látigo o estallido. ¡Mi pichón parecía tener una flauta en la garganta! En cierto sentido fue un elegido puesto que gozaría de todas las prerrogativas inherentes a su jerarquía: una hermosa y amplia jaula, comida abundante, agua y baños a satisfacción. Eso sí, su condición nunca le permitiría aprender a volar y sólo podría moverse de un lugar a otro con cortos saltitos.


Cuando Juana vio a Blas por primera vez en una de las jaulas del patio de la casa y me preguntó cómo lo había conseguido, le mentí. Le dije que me lo regaló Jacinto porque había entrado a comer alpiste junto a un montón de gorriones entrampados en el cajón de manzanas. Juana me recordó la prohibición de mi padre y me dijo que Blas podía permanecer bajo condición de entrenarlo con el fin de llamar cardenales. Estaba claro que era una mujer que actuaba siempre movida por su propia conveniencia y, peor aún, el tiempo me demostraría que no quería a nadie verdaderamente. Desconfiada, en la primera oportunidad que tuvo fue hasta la casa de Jacinto a confirmar si era cierto lo que yo le había contado. Jacinto le dijo que no sólo era una mentira mía sino, además, una traición a él puesto que mi pretensión era invadir su negocio; entonces, volvió y me dio con unas varillas trenzadas hasta hacerme llorar. Y cada vez que lloraba recordaba a mi madre y sentía una lástima infinita por mí mismo. No se me ocurrió pensar en ese momento que Juana fuera cruel conmigo y que yo debiera o pudiera acusarla ante mi padre. Tampoco se me ocurrió que, de haberse enterado, él hubiera reaccionado de algún modo en mi favor. Simplemente lo tomé como mi merecido por mentir.


Esa noche pasó lo de costumbre y más. Yo era un niño inquieto, tenía terrores nocturnos y daba mucho trabajo a la hora de ir a dormir; entonces Juana pegaba figuritas escolares de algún prócer patilludo o bigotudo en la mirilla de la puerta de entrada y luego, sin que yo lo advirtiera, daba fuertes golpes a la puerta anunciando la llegada de “alguien”. Curioso, corría a treparme a un banquito pegado a la puerta y cuando veía al señor que me miraba por la mirilla escapaba a esconderme bajo las colchas y allí, tiritando, me quedaba dormido. Esa noche, quizá por el hipo de tanto llanto que no me abandonaba, apenas pude adormecerme hasta que escuché voces que venían desde un galponcito que había en el patio, al lado del gallinero. Aun miedoso de la oscuridad, no sé por qué decidí salir a la intemperie, acercarme y comprobar de quiénes eran esas voces. De lo que sí estaba seguro era que no se trataba de la voz de mi madre, pues ella sólo hablaba conmigo, y me abrazaba, y me besaba, en sueños. Allí se hallaba Juana sentada sobre unas bolsas de maíz y Jacinto parado entre sus piernas. Ella le acariciaba el pelo de la nuca y reía al echar la cabeza hacia atrás. Yo sabía qué hacían los hombres y las mujeres con sus cuerpos entre sí. Me resultaba muy natural, supongo que igual de natural que a cualquier niño de campo que desde nacido ha visto los servicios de los toros a las vacas, la preñez y meses después la parición, o a un padrillo montar una yegua. En este caso, ellos no hacían “eso”; sin embargo, la visión de los dos juntos me hizo sentir la soledad más que nunca.


Jacinto y Juana se reían porque me habían hecho lo que para ellos era una simple travesura, pero para mí era un acto cruel. Claro que lo comprendí recién a la mañana siguiente cuando fui a la jaula a darle alpiste a Blas y advertí que la puerta estaba abierta. No se me cruzó por la cabeza, tampoco ahora, que yo tuviera algún derecho de reclamar a alguien. Mi sólo derecho era llorar. Aun así, entre sollozos, al instante tuve en claro algo: no hombrearía cajones para comprar otro cardenal. Recuperaría a Blas, sí o sí, pues a esa altura ya le había puesto un alma, aunque muy lejos estaba de imaginar los caminos que habría de transitar con este amigo.


Blas no sabía volar y sólo caminaba de a saltitos. Esto me dio seguridad de que, no lejos, lo encontraría. Me puse el guardapolvo, tomé el portafolio y simulé partir a la escuela. En su lugar, comencé a recorrer palmo a palmo los frentes y los fondos de todas las casas de la cuadra preguntando a cada vecino si no habían visto a mi pájaro. Eso hice en la cuadra siguiente y siguiente, a la redonda, pensando que continuaría con las manzanas aledañas y de ser necesario en las afueras del pueblo y en los montes también. En la quinta cuadra lo divisé. Estaba sentadito a la sombra de un palenque con las alas plegadas y el penacho moviéndose en todas direcciones. Tuve miedo de que quisiera escapar cuando me acercara a tomarlo; en cambio, me miró con una mirada que parecía decirme: “esperaba que vinieras por mí”.


Al regresar a casa, cerca del mediodía, puse a Blas en la jaula, fui a la cocina donde estaba Juana y le dije: “No voy a poner un candado en la jaula de Blas. Voy a contarle a mi padre lo que hacen Jacinto y tú si vuelven a soltar mi cardenal”.


Pasaron los días y las semanas con Blas en su lugar, Juana sin regañarme ni golpearme con la varilla trenzada, Jacinto sin dar señales de vida y mi padre sin percatarse de la presencia de mi cardenal en las dos oportunidades en que vino al pueblo.


Como había llegado el momento del entrenamiento, volví a hombrear cajones para juntar otro tanto de dinero. Cuando lo logré, compré dos espejos que ubiqué enfrentados en los costados de la jaula. Blas, en medio de ellos, vio su imagen multiplicada hasta el infinito. Al descubrir esa cantidad abrumadora e imprevista de pájaros, se sacudió enloquecido, su plumaje se encrespó y comenzó a atacarlos con su pico a diestra y siniestra, y si bien ellos le devolvían sus picotazos, no se dio por vencido. Después de un tiempo de lucha agotadora abrí la jaula, aparté los espejos y los invasores se retiraron derrotados. Así había empezado su entrenamiento.


Al cabo de varias semanas de defensa de su territorio, Blas les había tomado una antipatía tan grande a esos enemigos que le devolvían los espejos, que parecía no estar dispuesto a ser atacado aleatoriamente.


El entrenamiento fue una etapa muy dura porque sentía que lo sacrificaba a costa de mi objetivo. Al mismo tiempo, pensaba y me convencía de que su destino había sido venir al mundo a ayudarme, mandado por alguien que no podía ser otra que mi madre y desde ese punto de vista él debía sentirse muy feliz. De todas maneras, aunque lo hubiera pensado infeliz, lo habría entrenado con el mismo rigor hasta que estuviera preparado para llamar a la pelea, pues no lograba quitarme de la cabeza el objetivo de ganar dinero. Tan grande era mi sentimiento de vacío que necesitaba ser llenado.


Para que Juana no se percatara de lo que hacía con Blas, lo entrenaba cuando ella se iba, la mayoría de las veces a visitar a una comadre con la que chismeaba sobre la vida de todos. Tomaba esta precaución pues aunque ella hacía buena letra porque tenía miedo de que le contara a mi padre lo de sus arrumacos con Jacinto, era mayor el miedo que yo tenía a que mi padre se enterara por ella que desobedecía sus órdenes desde meses atrás. Aunque nunca me había levantado la mano, yo sentía por mi padre un temor reverencial.


Pero vino a suceder un hecho impensado que me dejó debilitado por completo frente a la situación, si bien no fue tan grave como los que sucedieron después. Un día Jacinto abordó a mi padre en la puerta de la casa en el momento en que llegaba de la ciudad y sin preámbulo alguno le dijo: “Mire don Lalo ‒que así le decían a mi padre‒, es tan grande mi respeto hacia usted que quería ser yo quien le dijera que estoy cortejando a Juana y que mis intenciones son las mejores. Tanto es así que noches atrás me tomé el atrevimiento de entrar al fondo de su casa. Quería soltar un cardenal llamador que entrena su hijo, a costa de sus órdenes, cuestión de la que le dará mejores noticias Juana que lo espera adentro”. “Muy bien”, se limitó a contestar mi padre.


Yo paraba la oreja desde el patio y Juana, por cierto, desde la cocina. Recuerdo que quedé admirado de lo fácil que era neutralizar a un enemigo ‒en el caso, yo‒ con sólo decir la verdad de sopetón, o con una casi verdad como la que dijo Jacinto. Sin poder reaccionar, escuché la perorata de Juana a mi padre que incluía no sólo el haber comprado el pichón, haberlo recuperado después de soltado y haberlo entrenado también, sino el haber disminuido mi rendimiento escolar al punto que la maestra ya había anunciado que repetiría de grado. Pecado de desobediencia, pecado de terquedad y pecado de holgazanería, de todo eso me acusaba Juana.


Yo me hice pis del miedo y así mojado esperé y escuché venir a mi padre por el ruido de sus botas de montar. Cuando plantó frente a mí su metro noventa de altura y me disparó su mirada azul de hielo sin pestañear, no sé cómo, fui yo quien habló primero: “Usted no se hace cargo de mí y tampoco permite que yo me haga cargo de mí mismo”. No me levantó la mano, pero con su puño diestro cerrado, apretado, sumado a un tono de voz que me supo aterrador, me dijo: “¡Yo tengo mis razones para la prohibición que usted ha violado!” Ninguna otra palabra se pronunció allí, al menos en mi presencia. Más veloz que la picadura de una víbora rescaté a Blas de la jaula y salí corriendo, atravesé la plaza, tomé por el camino vecinal, me metí monte adentro y sólo me detuve mucho, mucho tiempo después, cuando el dolor de mi ojo izquierdo se hizo insoportable. Una espina de las tantas ramas de los arbustos que me habían dado un latigazo tras otro en mi furiosa carrera se había clavado en mi ojo.


Hubiera querido permanecer escondido con Blas en el monte hasta que tuviera por seguro que mi padre había vuelto a la ciudad. No pude, me dolían demasiado los magullones sangrantes y mi ojo veía todo negro. Volví muy despacio al pueblo y me dirigí con Blas en mi regazo directo a la casa de mi maestra, quien al abrir la puerta y verme en ese estado se llevó las manos a la boca. Yo le dije: “Si es verdad lo que usted dice de que la señorita es como la segunda mamá, le ruego reciba mi cardenal y me lo cuide hasta que yo regrese a buscarlo”.


No recuerdo otra cosa porque me desmayé. Al despertar, me percaté de que me acompañaban mi padre y el zangoloteo de la desvencijada ambulancia del pueblo camino a la ciudad. ¿A la ciudad me llevaba mi padre? Algo grave debía estar sucediéndome. Y sí, era grave. Con la espina que me sacó el médico de la córnea se fue para siempre la visión de mi ojo izquierdo y así, ciego de un ojo azul que con el tiempo se volvió blanco lechoso, volví días después al pueblo.


Tampoco debí creerme en ese momento con derecho a una visión plena porque, al menos en la superficie, acepté la minusvalía sin conmoverme. Ni mi padre ni Juana hablaban demasiado por esos días, aunque debo reconocer que fui atendido con cierto comedimiento y hasta mi padre me hizo cariños en la cabeza en una oportunidad. Yo sólo esperaba el día que él partiera a la ciudad y yo pudiera ir a buscar a Blas.


Y así lo hice. Recuerdo que mi maestra me abrazó muy fuerte y yo no entendí por qué. Sí supe por qué lo arrebujé a Blas en mi pecho y lloré: porque le había inventado un alma y en ella, a esa altura, había depositado todo un amor para los dos.


Llevé a Blas a su jaula y durante varios días permanecí expectante. Quería estar prevenido de una mala reacción de Juana. Sin embargo, nada me hizo sospechar que mi pichón pudiera ser víctima otra vez de una perfidia, de manera que terminé de completar su entrenamiento.


Una mañana decidí que había llegado el momento de colocar una trampa en el techo de la jaula y una trampa en cada uno de los laterales. Lo hice y partí con la jaula y Blas hacia los montes. Él no era del todo inteligente, pero me pareció que entendió que había llegado el momento de ayudarme y provocar.


Ya adentro del monte dejé la jaula en el suelo, me aparté unos metros y me senté a esperar. Desde allí le decía: “Cantá, Blas, cantá. Cantá Blas, cantá”. Él comenzó a cantar: “Padre-hijo-espíritu-santo amén. Padre-hijo-espíritu-santo-amén”. Entonces advirtió que los invasores no aparecían desde los costados de la jaula, como estaba acostumbrado con los espejos que le devolvían su propia imagen multiplicada, sino que se lanzaban en picada desde las ramas de los arbustos. Cuando aprestaba su pico para atacar, los cardenales caían de a tres en las trampas sin que él alcanzara siquiera a rozarlos con el pico; después, yo los liberaba y los colocaba en una caja con agujeros. Al final de la jornada lo único que había hecho Blas era cantar y yo juntar pájaros. Supongo que esto no le cayó en gracia, pero ya se habituaría al hecho de que todos los seres inferiores estábamos sujetos a reglas caprichosas.


Al regresar traspasé los cardenales a una jaula grande y los llevé a vender a la plaza. Allí me percaté de que todos los que se acercaban a mirarlos formulaban la misma pregunta: “¿Cuánto cuestan los machos?” Yo contestaba desconcertado que los machos tenían el mismo precio que las hembras, pues no sabía que hubiera motivos para ser vendidos a precios distintos. Una buena señora, la esposa del Jefe de Correos, al percatarse de que era un niño recién iniciado en el oficio, me explicó que nadie me compraría las hembras porque no cantaban igual que los machos y además eran chillonas. Afligido, le pregunté cómo podría distinguir unos de otros sin necesidad de esperar a que cantaran. Me explicó que eso no era fácil puesto que se parecían bastante, aunque con el tiempo me daría cuenta de que los machos tenían un plumaje de color amarillo más puro e intenso. De todas maneras, acotó, no caerían en mis trampas demasiadas hembras pues eran muy desconfiadas y no se dejaban engañar tan fácil. Por lo demás, la defensa del territorio se planteaba sólo entre machos. Las hembras no tenían interés en la pelea.


Si eran machos o hembras lo que llevé ese día a la plaza, no alcancé a saberlo porque todos eran hermosos, todos tenían plumas de color amarillo intenso y por todos pedí un precio bajísimo. Fue así que la jaula se vació en pocos minutos.


Concurrir todas las semanas al monte a atrapar cardenales se convirtió en una rutina para Blas y para mí. Poco a poco aprendía los secretos del oficio; entre ellos, el que por cada diez cardenales atrapados sólo una o dos eran hembras.


Al mismo tiempo, una alcancía tras otra iba llenándose de monedas. Jacinto seguía visitando a Juana algunas noches a la semana sin que yo me diera por enterado. Parecía existir un acuerdo tácito entre los tres de no delatarnos frente a mi padre, aunque ese concierto no habría de durar mucho tiempo. Una mañana, cuando fui a saludar a Blas y a controlar a los cardenales de la jaula grande, comprobé que ésta había sido abierta y todo el trabajo de esa semana se había echado a volar. Sin dudas, Jacinto era el culpable. ¿Qué hacer? Ninguna otra idea se me ocurrió, sólo redoblar esfuerzos y salir a cazar no una vez, sino dos a la semana.


Sin embargo, la providencia se adelantó y vino en mi ayuda. Esa misma noche, de forma inesperada, se sintieron las botas de mi padre caminar directo desde la calle hacia el galponcito del fondo y esta vez sí, ante sus ojos, ellos estaban haciendo “eso”. Escuché por la ventana abierta a mi padre decir: “Se me manda a mudar ya mismo de aquí, Jacinto”. Fue lo único que dijo. Todos sabíamos que mi padre no era hombre de repetir dos veces sus intenciones y menos aún de proferir amenazas. Él sólo efectuaba promesas temibles con sus ojos. En este caso, su promesa había sido que Jacinto no volvería a pisar nunca jamás mi casa. Y nunca jamás volvió.


A la mañana siguiente, antes de partir conmigo al campo, donde habría yerra, mi padre se paró frente a la jaula de Blas y lo miró, pensativo, largo tiempo. Luego giró la cabeza a la jaula grande y vacía. Ninguna palabra salió de su boca. No sé por qué yo no temblaba de miedo. Enseguida partimos y, a pesar de que la ceguera de mi ojo, debí trabajar igual que de costumbre en la capada. A la oración, extenuado, me senté a descansar mirando el sol poniente. Agradecí a mi madre el que me hubiera salvado un ojo y también le rogué que desde el cielo protegiera mis manos. ¿Por qué le habré suplicado por mis manos, si tan lejos estaba de mi presente la ventura que las transformaría en esenciales?


El tiempo pasó y el anuncio de mi maestra se volvió realidad: repetí de grado. Igual, seguí con la rutina de las ventas a idéntico ritmo, al mismo tiempo que comencé a cambiar las monedas por billetes y a esconderlos en una caja que enterré al lado de uno de los chañares del patio.


No obstante, cada día, al finalizar la jornada de las ventas, me ponía triste porque corroboraba que habían quedado sin vender dos o tres hembritas y aunque había preparado en mi casa una nueva y gran jaula para ellas, llegaron a ser tantas que se me hizo imposible su cuidado. No quería devolverlas al monte. Pensaba que se perderían y morirían. ¿Qué hacer con ellas? Una tarde pasé por la puerta de la casa de Jacinto. Escondido tras un árbol y sin que él se percatara de mi presencia, lo divisé sentado a una mesa colocada en el patio y en la que estaban apoyados una jaula con gorriones, una paleta de acrílicos y varios pinceles. Comprendí al instante que pintaba de colores sus alas para poder engañar a los incautos y venderlos. Entonces decidí que yo haría lo mismo con mis hembras, no con el fin de ganar dinero, sino para tornarlas en un obsequio querible para mis clientes.


Quería salvar a las desafortunadas dándoles con un pincel la hermosura que la naturaleza les había negado. Y así me dispuse a practicarlo con todas las que había en la gran jaula, que ya sumaban unas noventa, mientras Blas parecía mirarme con ojitos extrañados. A medida que las pintaba me detenía a observarlas. Estaban preciosas. ¡Qué sensación extraña sentía en el cuerpo! ¿Era eso la felicidad? Nunca había experimentado tal sonrisa constante en mi boca, tal olvido del mundo que me rodeaba, tal música en el alma, tal agilidad en mis manos… Sí, era felicidad, era la dicha que me daba el poder modificar la realidad y hacerla más bella y amable.


Y seguí pintando cardenales en unas sábanas blancas colgadas en el patio secándose al sol. Continué luego pintándolos en las sábanas colgadas en los patios vecinos y después en lienzos que compré en la tienda del pueblo, y en lienzos que conseguí en la ciudad también, y en telas del mundo entero pinté. Éste es un modo de resumir cómo se encadenaron sentimientos, hechos y personas de tal modo que me llevaron a una posición insospechada: la de pintor que jamás logró la consideración de su padre, pero sí la admiración de seguidores anónimos que hacen un culto de mis obras porque mis cardenales son tan vívidos como el propio Blas, ¡mi amigo!


Lis Claverie

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