POBRE DIABLO, QUÉ PENA ME DA.



El juez Stevenson es el último en llegar al Recinto de Juicios Extraordinarios en esta que debería llamarse mañana de lunes si no fuera porque es de noche todavía; noche cerrada con luna y todo a pesar de que ya se han trabado los gallos en duelo de cantos. Recoge su toga en la antesala con rapidez. De seguro ha alcanzado a ver por el rabillo del ojo que el juez Moore y el juez Taylor ya están sentados en el estrado principal y eso le habrá hecho suponer que los miembros del jurado han de estar en sus tarimas, también el reo con su defensor y el fiscal, cada cual a sus mesas. Y todos están. Lo que él no imagina es que…


En su apuro y por descuido del nervioso celador que lo ha ayudado a vestirse, se ha colocado la toga al revés. Su figura se ve extraña. Las amplias tablas delanteras, ahora atrás, parecen un abdomen crecido en la espalda. El faldón de atrás, ahora adelante, bastante más largo, lo hace trastabillar en el último de los escalones del estrado, de modo que llega sin el birrete ni los anteojos, que han volado hacia algún lugar que el celador y uno de los guardias se apuran a identificar, previo sentar a Stevenson en el sitial principal para él reservado, que es el presidente, buscando los anteojos de pie pero levemente inclinados primero y luego gateando por debajo de la gran mesa, por detrás de los pesados cortinados, por entre los bancos y hasta entre las piernas de los presentes, sin resultado.


“Es obra del Demonio”, dice el fiscal, un hombre muy apto para su cargo y bien malvado, propenso a caer en clichés y lugares comunes. ¿Necesita el Demonio acaso recurrir a esas chiquilinadas? ¿Quitarle los anteojos a un juez, miope casi ciego, como lo es Stevenson? ¿Tan luego a él que está arrugado como piel de tortuga, pobrecito? ¿Y en todo caso, para qué? Salvo que tenga ganas de divertirse, el Demonio, nombre de fantasía usado por el vulgo, pero no su verdadero nombre, no se ocupa de tales minucias y si fuera necesario, a todo evento, bien podría dejarlo ciego en un instante porque él es así, rotundo, apasionado. El secretario, que también está en la sala, le dice algo al oído a Stevenson, toma el gran martillo de madera, se lo pone en la mano y ya, asunto solucionado.


El juez Moore, a su derecha, piel gruesa, ojos vidriosos y nariz rojiza, porque así es su cara desde que le ha tomado gusto al vodka, dirige su mirada al juez Taylor y sin emitir sonido le dice también algo con un movimiento de labios muy pronunciado y obvio que nadie podría dejar de leer: “Mejor que Stevenson no vea nada y se esté quieto”. “Verdad, que el viejo se limite a golpear tres veces el martillo cuando el veredicto haya sido pronunciado y a otra cosa”, contesta Taylor haciendo volar la mano despreocupada y desdeñosa. Parecen querer despachar el asunto rápidamente. Los magistrados deben estar dando por sentado el veredicto del jurado, pues el hecho de que en un juicio de las características de este el Tribunal Superior haya elegido para integrarlo, de entre los miembros de la comunidad, a los de la congregación de los “Hermanos Unidos en la Lucha contra el Mal”, hace presumible una condena ignominiosa del reo. Sin embargo, nada es del todo previsible en este mundo terreno, porque cuando Dios permite que sucedan ciertas cosas, el Demonio a veces mete la cola. ¿Mete la cola? De no ser porque están prohibidas las conductas descompuestas en esta sala, se escucharían carcajadas del averno porque el Demonio, pues, ¡no tiene cola! Más aún, es apuestísimo, pulcro, huele bien y se peina a la gomina. Viste los mejores trajes y lleva zapatos de punta. He aquí la razón de su irresistibilidad; en espacial, para el género femenino tan proclive a los buenos olores y los brillos. Los diablos, bueno, ellos son distintos.


El pequeño secretario, que parado detrás de la tarima solo puede asomar la nariz, procede a desenrollar un folio y leer: “Querellante: Alcaldía de Miraflores. Querellado: López, Wilson”. Y Wilson, como si se estuviera tomando lista en el liceo, interrumpe desde su sitio y levantando una mano dice: “¡Presente!”. “¡Que se calle!”, grita el fiscal. “¡Cállese!”, le ordena uno de los guardias parado a sus espaldas. “A continuación ‒prosigue el secretario‒, se da inicio al juicio oral en el que se imputa al reo el delito de compadrazgo con el Demonio, por sí y por interpósita persona, según habrá de surgir de las pruebas a rendirse en la presente audiencia, en violación a la Ley XXXII del Código de Gentes que en su Libro VII, Sección V, prohíbe tratos con el Demonio”.


Dicho esto, se escucha en la sala un martillazo ejecutado por el juez Stevenson que viene a significar que se tiene por formalizada la apertura del juicio. Acto seguido, el secretario le concede la palabra al fiscal para que enumere la prueba recolectada en contra de Wilson.


El fiscal, ajustándose la corbata y aflojándose la garganta, con una muy bien estudiada ampulosidad, comienza su alocución diciendo: “Si bien no cuenta la Fiscalía con otro documento que no sea el emanado del propio imputado, una carta; ni tampoco testigos del compadrazgo propiamente dicho, salvo el vecino al que el reo le manifestó la existencia del pacto con el Demonio, se ha podido lograr en la instrucción previa la madre de todas las pruebas, a saber, la confesión del reo”.


Aunque nadie sabe allí qué ha confesado, ni por qué medios se ha podido obtener prueba tan difícil, parece que el fiscal tiene intención de explicarlo a continuación. Sin embargo, no puede hacerlo porque es interrumpido por el defensor, el doctor Morrison, que salta de su silla y manifiesta: “Por razones de brevedad y a fin de evitar ulteriores nulidades pido se dicte de inmediato veredicto de absolución y sentencia”.


En su caso, también parece que se propone fundamentar lo que pide, pero ahora él es el interrumpido y mandado a callar por el secretario: “Cállese, hasta tanto el tribunal resuelva ‒le dice‒, si escucha o no sus razones, porque como muy bien lo debe saber usted, que es letrado afamado, poco valen las defensas en este tipo de juicios en los que está en juego el orden, la moral pública y las buenas costumbres y, por encima de todo, la religión”.


El juez Taylor, haciéndole eco al secretario, le pregunta por lo bajo al juez Moore ‒obviando al presidente que además de ciego temporario parece estar sordo a todo lo que aquí sucede‒: “¿Qué hacemos, lo dejamos fundamentar al presuntuoso de Morrison?”, contestándole Moore a Taylor: “Sí, hay que escucharlo, por lo menos para salvar las apariencias”, por lo que al oído del juez Stevenson le dice: “Dígale: ¡procedente!” y este último así lo hace a viva voz golpeando el martillo una sola vez.

Morrison toma aire y entonces interroga: “Si la fiscalía imputa a mi defendido el delito de compadrazgo con el Demonio, por sí y por interpósita persona ‒marcando la “y” con una pronunciada inflexión de la voz‒, ¿dónde está la interpósita en cuestión? ¡Pues que no está! ‒ contesta con énfasis en la voz y en los ojos‒. Distinto sería el caso ‒argumenta‒, si la fiscalía hubiera imputado a mi defendido el haber cometido el delito por sí, o, por otro ‒remarcando esta vez la “o” con un círculo gigante que ha descripto en el aire aparatosamente‒. Dicho de otro modo, es con “y” o con “o”, lo uno o lo otro. Así las cosas, hay una palmaria contradicción entre el requerimiento y las constancias obrantes en la causa, lo que a mi criterio exige la nulificación del mismo”. Palabras más, palabras menos, esto es lo que ha dicho el defensor Morrison.


Los dos miembros del tribunal que pueden ver niegan con la cabeza, pero con la mirada parecen consentir que hay un pequeño detalle a corregir, mientras el juez Stevenson no niega ni afirma nada porque el percance de sus anteojos parece haberlo dejado minusválido. El tribunal dispone entonces el pase a un cuarto intermedio para resolver.


Mientras el juez Moore y el celador toman por los brazos al no vidente para ayudarlo a bajar las escaleras, el juez Taylor ya prende una pipa y todos se retiran.


De los doce miembros del jurado popular nada se puede decir porque, como lo indica el código de rito, su identidad debe ser preservada y esto se hace vistiéndolos con capuchas y túnicas negras hasta los pies, cuyas mangas son tan largas que ni las manos se dejan ver, de modo que hasta bien puede quedar la duda de que se trate de monigotes puestos allí solo para parodiar un juicio. ¿Y de Wilson? ¿De Wilson qué puede decirse? Que ese sí es un pobre diablo que, en efecto hizo un pacto con el Demonio, a través de uno de sus enviados, pero solo por un error de identificación que hubo aquel nefasto día y por eso me han mandado hoy a mí, y estoy sentado aquí, tratando de corregir cualquier eventualidad que pudiera torcer el destino de este hombre, pues nosotros somos así, malvados y pérfidos, pero con vocación de excelencia a la hora de cumplir nuestro trabajo y subsanar deslices de ejecución, porque allá se había decidido que debíamos tener presencia en esta región y erigir al lado del templo religioso un templo propio, para lo cual se mandó a uno de los nuestros a buscar al mejor de los albañiles, pero habiendo percibido y sospechado de dónde venía el asunto ninguno de los que se intentó contratar quiso cerrar trato, y el único que lo hizo fue el pobre Wilson, pero no porque fuera valiente ni porque pretendiera beneficiarse con un alto precio, sino solo porque es faltito de cabeza, y por eso está sentado ahí babeando y riéndose como si estuviera en una kermés, sin sospechar siquiera que es altamente probable que estos locos lo manden de aquí mismo a lo del verdugo, que habrá de agarrarle la cabeza por los pelos y se la separará del cuerpo con una guillotina que ya debe estar afilando, y es lógico que el defensor no haya invocado la inimputabilidad del reo para salvarlo de la muerte, no solo porque no es evidente ‒salvo por esto de que se babea y se ríe como tonto en una situación como esta que a ningún normal le causaría gracia‒, sino porque para estos fanáticos los defectos de la mente son obras del Demonio, de manera que correría mucho riesgo el abogado de ir por lana y salir esquilado, así es que allá se ha decidido que no es mala la estrategia de tenerlo por persona que comprende sus actos y dirige sus acciones. La cuestión es que nuestro Mefistófeles le propuso el contrato aquel día y Wilson tomó el balde y la cuchara al instante, y se dispuso a trabajar sin pedir contraprestaciones de vida eterna, ni virilidad perpetua, ni sabiduría plena, ni fortuna ingente, que son las razones por las cuales acostumbran los hombres a vender su alma al Demonio. Más aún, ni tan siquiera pidió un sueldo. Por eso, Mefistófeles quedó desconcertado y no cerró trato el mismo día, sino que regresó al averno para dar parte de tan extraño caso, pues nunca había resultado tan sencillo la compra de un alma. Allá le dijeron: “Volvé ya mismo y cerrá, no vaya a ser cosa que por segundos nos perdamos el negocio de nuestras vidas. ¿Te imaginás vos todos los contratos que podemos cerrar después con un alma tan dócil?” Así fue que volvió y le dijo: “Estás contratado”. “¿Dónde firmo?”, preguntó Wilson. “En ningún lado ‒contestó Mefistófeles‒, esto se cierra con un apretón de manos y unas palmadas en la espalda que te voy a dar”. Muy contento se puso Wilson: “¿Y el tema de los materiales, cómo lo arreglamos?”, respondiéndole Mefistófeles: “ Ya se ha dispuesto una primera partida y a medida que hayan avances de obra que así lo requirieran, deberás escribir una carta con el requerimiento y dejarla en el mismo fundo sujeta con una piedra”; pero lo cierto es que este zonzo de Wilson construyó tres paredes y se quedó sin materiales el mismo día, por lo que no había terminado de llegar Mefistófeles allá, que él aquí ya estaba escribiendo: “Necesito materiales para tres paredes más”, dejando la esquela debajo de una piedra, cuando vino a pasar uno de los miembros de la congregación y diciéndole: “Buenos días Wilson, veo que has conseguido trabajo, te felicito”, el zonzo se apuró a contestar: “Sí, gracias a Dios cerré trato con el Demonio y ahora mismo acabo de escribirle una carta para que me mande más materiales porque me he quedado corto con el cálculo”, a lo que el sujeto en cuestión le dijo: “¿A ver? Dame la carta”, y el zonzo se la dio al instante, escapándose ese mal nacido a acusarlo al Prefecto. Así es como están las cosas de enredadas ahora, pero todo por una inadvertencia de Mefistófeles, porque si hay algo que nosotros tenemos en claro es que nunca debemos cruzarnos con un caballo por delante, una cabra por detrás ni un zonzo por ningún lado, porque los zonzos se meten en problemas de los que hay que sacarlos después o lo meten a uno en problemas pero ellos sí que no te sacan, entonces los trabajos con ellos no rinden, como es este caso que me obliga a esperar la sentencia y ver qué es de la suerte del infeliz para salvarlo si le es adversa, porque este tema puntual también lo estuvimos hablando largo y tendido allá y concluimos que, así como Dios no actuó para salvarlo del contrato con nosotros, muy seguramente ya tiene decidido que no actuará para salvarlo de estos locos, por esta cuestión de que se dice que Él permite a veces que sucedan cosas malas y para nosotros malo no es la maldad propiamente dicha por cierto, puesto que de eso vivimos, sino que malo es el que un trabajo nuestro no se cumpla a la perfección o lo que es lo mismo decir que no se concluya de modo perfectamente perverso, por eso no me extrañaría que, si lo podemos salvar de perder la cabeza, manden a alguno de los nuestros a hacerle terminar al zonzo el templo, porque de no ser así, su obra quedaría inconclusa.


Ya están volviendo los jueces, los jurados siguen allí inmóviles y Wilson no para de reírse. Hace rato que se han percatado de mi presencia en el sitio reservado al público pero nada me han preguntado acerca de mi identidad, de seguro por mi aspecto aristocrático que intimida, y si llegaran a hacerlo tengo pensado responderles: “Soy un simple curioso que desea ver cómo se aplica justicia en este condado”. El juez Stevenson toma la palabra y dice que: ,“Se ha decidido no hacer lugar a lo solicitado por la defensa, atento al hecho de que si existe o no un cómplice o partícipe eso no cambiará la suerte del reo que salvará su cabeza o la perderá ‒pues esas dos son las únicas soluciones previstas por la ley‒, y que si ha habido otros responsables ya se encargará la justicia divina y humana de ir tras él, debiendo quedar en claro para todas las partes que lo que en este juicio interesa es determinar si Wilson López hizo o no trato con el Demonio y no más que eso”. El abogado defensor interpone un recurso al instante y al instante se le contesta que: “El recurso planteado téngase presente para su oportunidad”. ¿Para su oportunidad, cuando el reo ya haya perdido la cabeza? ¡Mi Demonio, nunca antes visto!


Ahora se le pregunta a Wilson Pérez si va a declarar o no y al tiempo que su defensor contesta que no, en un todo de acuerdo a lo que aconseja la técnica jurídica cuando el que va a declarar es un zonzo ‒a quien es preferible no permitirle abrir la boca para que no le entren moscas‒, Wilson se levanta y se sienta en el banquillo de los acusados frente al estrado saludando con un: “Muy buenos días reverendísimo tribunal” y, de inmediato, comienza el interrogatorio:


‒¿Se declara culpable o inocente del delito que se le imputa? ‒pregunta el presidente.

‒Inocente señor.

‒¿Reconoce usted haberle manifestado al vecino Johnson el día de los hechos que había cerrado trato con uno de los Diablos del Demonio?

‒Sí señor, reconozco haberle dicho a Johnson tal cosa pero no recuerdo si le dije la verdad o le mentí. Es muy probable que le haya mentido porque acostumbro faltar a la verdad. Pero mentir no es delito ¿o acaso lo es señor?

‒¡Cállese! Usted no está para preguntar, sino para responder. Reformulo la pregunta, ¿ha tenido usted trato con un Diablo enviado por el Demonio?

‒He tenido trato con alguien que dijo llamarse Diablo ‒y esto lo dijo remarcando el “dijo llamarse”‒, pero no me consta que haya sido “el” Diablo, “un” Diablo o algún pícaro que se hizo pasar por Diablo.

‒¿Qué le pidió la persona que dijo llamarse Diablo?

‒Que le hiciera una construcción.

‒¿Y qué le ofreció a cambio o qué le pidió usted?

‒Nada señor.

‒¿Reconoce usted haberle dado al vecino Johnson una carta dirigida al supuesto Diablo escrita de su puño y letra?

‒Sí señor, le di la carta.

‒¿Recuerda usted qué decía esa carta?

‒Sí señor, perfectamente. Decía: “Necesito más materiales, a saber: cinco sacos de arena y veinte sacos de sillar”.

‒¿Reconoce entonces usted haber vendido el alma a alguien que dijo llamarse Diablo a cambio de nada, esto es, gratuitamente? Piense usted bien la respuesta porque la gratuidad de los servicios, en el caso, actúa como agravante.

‒No señor, no lo reconozco porque el que me vendió el alma fue él a mí.

‒¡¿Cómo?!

‒Pues porque yo iba a hacer la construcción con los materiales de ellos, pero con la intención de quedármela para mí. Usted sabe señor… soy muy humilde. Total después, ¿qué juez sacaría una orden de desalojo a pedido de quien se dice Diablo?

‒Ah… ya, ya, de manera tal que usted se proponía concretar una estafa. ¿Es esto así?

‒No, no exactamente señor. O… sí, quizá, visto desde otro punto de vista… tal vez, sí. Pero la Ley de Gentes no contempla la figura jurídica del Demonio como víctima y, menos aún, que se mande a la guillotina a alguien por haber intentado estafarlo. ¿O me equivoco señor?

‒¡Cállese! Limítese a responder, ¿cree en Dios y en la vida eterna?

‒Pues bien señor, debo decirle que sí creo en Dios, pero no en la vida eterna.

‒¿Entonces reconoce usted que es un apóstata?

‒No señor, de ninguna manera. Creo en que el mejor regalo de Dios y su mayor prueba de amor a nosotros sus hijos ha sido, precisamente, la muerte.

‒Última pregunta, ¿le ha dicho, por casualidad, el sujeto que dijo llamarse Diablo dónde se ubica el infierno?

‒No, no me lo ha dicho, pero no ha hecho falta porque yo lo sé señor.

‒Ajá, ¿y dónde está?

‒El infierno señor está en la mente de cada uno; sí, sí, adentro del cráneo, digo, ¿me entiende?


Tres martillazos sonaron. Que este es un zonzo, lo es. Pero un zonzo tramposo, de manera que no todo está perdido. Ahora se exhibe la única documental, la carta en la que se lee el pedido de sacos de arena y sillar, y luego se toma el testimonio de Johnson. Mmm… ¡me encantan los alcahuetes y traidores! La lógica humana indica que Wilson debe ser absuelto por el jurado popular pero… Y allí está el abogado defensor con cara de abatido. Voy a incluirlo en la agenda para hacerle una visita pues los abatidos suelen ser los mejores para nosotros y, claro, es entendible que esté así, porque este que ya viene terminando ha sido un juicio por demás sumarísimo en el que la suerte del reo se ha discutido en un par de horas apenas y el afamado profesional no ha podido meter bocado, y he aquí la capital diferencia entre las fuerzas del bien y del mal: que aquellos no tienen lo que a nosotros nos sobra, esto de la vocación de excelencia y perfección en nuestros cometidos. ¿Y qué tengo yo que hacer si al zonzo lo condenan? ¡Ay Demonio mío! Este zonzo me ha metido en un problema existencial. ¿Tengo que salvarlo de todos modos, aunque haya intentado estafarnos? Podría ser que, precisamente porque intentó hacer el mal, merezca de nuestro auxilio. ¿Y qué si lo salvo y después voy allá y me tiran las orejas porque el zonzo, por zonzo, ni siquiera alcanzó a concretar el mal? Mmm… allá son muy severos con quienes no ejecutan perfidias perfectas.


Luego del cuarto intermedio en el que los miembros del jurado se retiraron a deliberar, demostrando con ello que al final no eran monigotes, sentados ahora cada uno en su sitial, procede uno de ellos a ponerse de pie y comunicar el veredicto: “Culpable”. Y lo fundamenta con brevedad: “En nada interesa que el reo haya pactado con el Demonio onerosa o gratuitamente, con fines espurios u honrados. El delito se configura con el solo trato con el Demonio o alguno de sus Diablos”. El reo se ríe, el defensor se toma la cabeza, el fiscal hace una mueca de satisfacción y los jueces, como si escucharan llover, se ponen manos a la obra para decidir lo que a ellos les toca: cuál será la pena del culpable, todo esto mientras yo me pongo tenso pensando cómo me las voy a ingeniar para sacar a Wilson de allí y qué voy a explicar después allá. Los jueces Stevenson, Moore y Taylor ni siquiera se retiran a deliberar. Stevenson toma la palabra y notifica que: “Estando probado el trato con el Demonio pero, al mismo tiempo, planteada la duda de quién vendió el alma a quién en definitiva, amén del estado de necesidad del culpable, corresponde eximirlo de la pena capital y beneficiarlo con una cadena a perpetuidad, con más la realización de trabajos forzados”. Tres martillazos habilitan a los guardias a esposar, ponerle grilletes a Wilson y sacarlo a empujones de la sala y asunto terminado.


Cuando pasa frente a mi me guiña un ojo y yo me río. Ha visto que me saqué el reloj de bolsillo y con el dedo índice le he indicado una hora allí.

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