CARLITOS QUIROGA

Llegaron en un automóvil importante que quedó estacionado donde se le dio en gana a la mujer: mitad sobre el suelo apisonado que hace las veces de vereda y mitad en lo que hasta el día anterior debió ser la calle, pero ahora es un charco de barro maloliente en el que flotan desperdicios.


La mujer está impoluta. En su mano izquierda tiene un pañuelo blanco que, anudado por las puntas, cumple la función de pequeña bolsa. En la derecha, la mano de la niña que llora y se resiste. Sus zapatitos de charol se embadurnaron al bajarse del automóvil con un salto que no alcanzó para sortear el charco y el vestido blanco, con encaje chantilly, se llenó de lunares parduzcos.


Está allí porque, más temprano, vio que en las manos de su hija habían aparecido verrugas. Y al verlas, se horrorizó. Meliflua, va por la vida desinfectada y oliendo a sándalo, mientras dice a todo ¡qué horror! ¡Qué horror las moscas, los sapos, los murciélagos, los piojos, los niños con las manos sucias, la imagen de un lisiado, la boca desdentada de un viejo, el pelo grasoso de una sirvienta, la presencia indecente de un albañil!


Envueltos en el calor húmedo que trajo la lluvia, hay niños que juegan a la pelota con el torso desnudo y los pies descalzos, mientras la niña que llora se seca las lágrimas con la mano libre y los mira por el rabillo del ojo y la boca le hace una mueca caprichosa.


Golpea con los nudillos la puerta de lata y espera que alguien, que no aparece, lo haga. Insiste porque la corrida de unos perros desde la puerta de calle hacia el interior de la vivienda delata que hay alguien en la casa. De lo contrario, los perros no se apartarían del intruso, razona. Después de unos minutos bien largos aparece una señora gorda, de gruesa piel oscura, con un pañuelo en la cabeza recogiéndole el cabello y una amplia sonrisa de dientes ausentes. Vuelan unas volutas de harina cuando se sacude las manos para extenderle la derecha a la soberbia señora que, de todos modos, desdeña el pretendido saludo.


“¡Qué horror! ¡Qué horror las manos engrudadas de harina de la sirvientas!”, la había emulado una vez su marido con voz chillona y se había retirado a su consultorio dando un portazo. Siempre emulaba los remilgues y amaneramientos de esa mujer tan bonita de la que no podía desligarse, pues se sentía atado a ella por el fuerte nudo que significaba su hija en común. Claro, pensaba, se había casado con ella en esa edad en la que a los hombres les gustan las mujeres femeninas en exceso, asustadizas y dóciles, solo para poder desplegar ellos sus melenas de leones y protegerlas. Ya había nacido Fabiola ‒y por lo tanto era tarde a su criterio para “cortar por lo sano”‒, cuando se dio cuenta de que los miedos, los chuchos, los vahídos, los ¡qué horror!, lo sí cuando es no y los no cuando es sí, son armas de manipulación. Era tarde cuando se dio cuenta de que prefería a las mujeres frontales, fuertes y aguerridas, mujeres verticales y con espuelas, en lugar de féminas sinuosas con ballerinas.


“¿Es usted María Teresa?”, le pregunta Alexina a la señora gorda. “Sí, María Teresa Salinas viuda de Quiroga”, le contesta, mientras Fabiola mira oblicuamente en dirección al potrerito para ver si entre esos niños está Carlitos.


Alexina le recuerda que ella es la esposa del doctor Montes y, por si le quedan dudas, le recalca también que es el médico de la fábrica de rulemanes en la que trabaja su hijo mayor, sostén del hogar, si la memoria le es fiel. Muy agradecida por el recordatorio se muestra la señora Salinas de Quiroga, especialmente porque es gratuito. A continuación, le pregunta Alexina si no recuerda acaso que en dos oportunidades le envió a su mucama con un recado haciéndole saber que quedaban prohibidos los juegos entre su hijo Carlitos Quiroga y Fabiola, al que eran tan afectos dada la inusitada proximidad de los fondos de su country house con esa villa de… de gente de trabajo.


“¡Claro, claro, cómo se va a juntar nuestra hija Fabiola con ese negrito villero!”, le había espetado una vez su marido Julio Federico Montes en la batahola que se armó en el hogar a raíz de los juegos supuestamente impropios de Fabiola en el terrenito lindero a su casa, al que accedía la niña saltando el alambre perimetral cuando el coche de la guardia ya había hecho la ronda, y todo para divertirse como un varoncito más con ese Carlitos Quiroga y otros malandritas que andaban siempre con él. Esa vez, el doctor Montes no había podido sostener por mucho tiempo la agresión solapada bajo la ironía y había pasado, a su pesar, a la agresión directa, gritándole a su mujer que era una reverendísima tilinga. “¿Por qué prohibir los juegos con Carlitos? ¿Y por qué no se te ocurre hacer lo que hacen tus vecinas, que en lugar de prohibir, lo invitan a tomar la leche, a darse un baño, a hacer los deberes? Porque sencillamente eres una mujer de pocas luces, una reverendísima tilinga”, le había enrostrado.


Y toma aires Alexina para decirle a la señora, con voz cada vez más hinchada, que tiene ante sus ojos la consecuencia de esas juntas: tumores benignos en las manos de Fabiola, en especial, alrededor de las uñas, causados por un virus del género papillomavirus y de quién cabe esperar que se los haya contagiado sino es de ese sucio de su hijo Carlitos que anda con esos otros negritos descalzos haciendo toda clase de juegos de manos, trepados a los árboles o pescando mojarritas en las alcantarillas y que quién otro puede ser si ella encontró escondida en el toilette de Fabiola esa bolsita de sal, que se la debe haber dado Carlitos, con que curan las verrugas las curanderas, que son los galenos de gente como la que vive en esa infesta villa, pero que de ninguna manera lo son entre gente acomodada e instruida, como lo es ella, pues para eso recurren a especialistas en dermatología y cuanto más en su caso si su marido es el afamado doctor Montes, además miembro honorario y vitalicio del Consejo Médico de la Nación.


Se había armado Julio Federico de paciencia para explicarle a su mujer ‒mientras a esa altura Fabiola lloraba porque el estado frenético de su madre le hacía pensar que lo suyo trataba de monstruos habitando entre sus dedos‒, que los tratamientos dermatológicos son efectivos, pero demasiado lentos para los niños que terminan por cansarse de los ungüentos diarios y que mejor sería llevarla a una curandera, quien le colocaría un grano de sal gruesa por cada verruga que tuviera; luego de unos minutos, le haría la señal de la cruz con cada grano de sal en cada verruga. Al final, colocaría los granos de sal en el fuego de una hornalla, momento en el que los presentes deberían retirarse pues el secreto estaba en que nadie escuchara cuando explotaban. Incluso la curandera le daría a Fabiola una bolsita de sal gruesa para que la tirara en un río, de espaldas. Y que de paso podría curarla del empacho, como había hecho con él cuando lo de la culebrilla. Pero a su mujer no le entraban balas en la cabeza y, en cambio, le salía pólvora por la nariz.


María Teresa, en un intervalo que se toma Alexina para respirar después de su mordiente perorata, explica con comedimiento que jamás en su vida Carlitos tuvo verrugas, hasta que un día le salió una en la rodilla, pero que esto sucedió un tiempo después de que las manos de Fabiola aparecieran sembradas de ellas por lo que su humilde creencia es que, en todo caso, Fabiola contagió a su hijo y no al revés. También explica que llevó a Carlitos a un especialista en dermatología. El médico le recetó una crema que ella compró de inmediato en la farmacia y, después de ponérsela en la rodilla por unos poquitos días, la verruga desapareció. Es más, dice que cuando encontró al doctor Montes en la fábrica le comentó lo del dermatólogo y le sugirió que fuera a él, pero el doctor Montes le había contestado: “¡Pamplinas! A Fabiola la voy a llevar a mi curandera. Esto se arregla con un poquito de sal”.


Alexina, enfurecida, le dice a María Teresa: “Usted es una mentirosa. Mi marido, el doctor Montes, no cree en curanderas. ¡Y haga venir a Carlitos ya mismo que quiero ver sus manos!” Antes de llamar a Carlitos le dice María Teresa a Alexina que está equivocada, que Carlitos no hace juegos de manos, ni trepa a los árboles, ni pesca mojarritas en la alcantarilla y, dicho esto, lo llama. Su hijo se acerca corriendo y resoplando hasta la puerta de la casa donde está esa hermosa señora con su amiga Fabiola. “Muéstrale Carlitos tus manos a la señora del doctor Montes”.


Y obediente extiende Carlitos sus cortos bracitos, pero no puede mostrarle a la señora lo que ella quiere ver, sino solo unos muñoncitos redondos, porque Carlitos… nació sin manos.


Lis Claverie, del libro "Un alma para dos"

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