LA RUTA DEL VINO

"Ya en el aeropuerto se me habían humectado y abierto los ojos, el cabello y la piel me brillaban, no podíamos dejar de reírnos con Ana. El solo hecho de haberme alejado de mi casa me había devuelto a la vida. ¿Qué vida? Cualquiera podría decir que volvió a su vida de antes, o a la de antes de antes. Yo ni siquiera podía decir que había vuelto por unos días a la vida de antes a la anterior de antes en realidad. Creo que sería más exacto hablar de una forma de vida que debió ser y no fue. Las tensiones musculares, que por ese entonces me tumbaban a la cama, me hacían perder la visión periférica, me adormecían las manos y la boca, o me provocaban dolores de cabeza insoportables, desaparecieron por completo. A tal punto me sentía liviana, suave, casi inmaterial, que al ver que Ana estaba muy incómoda en su asiento del avión, se quejaba del dolor de piernas y de su mala circulación sanguínea, le ofrecí apoyar las suyas en las mías, para mantenerlas levantadas. En fin, una pequeña locura. Ella aceptó, giró y se estiró entre su asiento y mis piernas. Enseguida se durmió. Cada tanto, se despertaba y me preguntaba: “¿Estás segura de que no te incomoda?”. Yo le contestaba, sin pensarlo, sin dudarlo: “Nooo, en absoluto, dormí, dormí tranquila”. Cuando llegamos al hotel y comenzamos a desempacar, advertí que mis manos estaban, literalmente, negras. No moradas, negras. Supuse que sería la tinta del diario que me ensució. Fui a lavarme las manos convencida de que el agua se iría azulina por el resumidero, pero la piel no cambió de color. Nos llevó un rato darnos cuenta que se trataba de la consecuencia lógica de haber viajado tantas horas en avión con tamaña carga en mis piernas. Una anécdota así de pequeña, pequeñísima, se transforma en una descomunal fuente de carcajadas cuando, como en mi caso, el alma ha sido desatada y liberada de los nudos que la estrangulaban, aunque solo fuera por unos días. Así comenzó el viaje, prosiguió y terminó: dos niñas paseando en la bellísima Ciudad del Cabo, soltando libertad y alegría en la Montaña de la Mesa, el Barrio Bo-Kaap, el Puerto Histórico Victoria y Alfred, Long Street y tantos otros lugares. Un día tomamos una excursión por la Ruta del Vino. Íbamos en un vehículo todo terreno, con la guía al volante, un pastor protestante en al asiento del acompañante y nosotras atrás. El programa consistía en ir haciendo paradas en distintas bodegas, en donde los visitantes éramos invitados a degustar los vinos. Esa excursión me había interesado por el hecho de que a través de ella podríamos conocer la campiña, no por degustar vinos africanos, porque era abstemia. Pese a ello, probé todo lo que me dieron a probar. Y un sorbo de vino tras otro, y otro, y otro, me provocaron una curiosa embriaguez que me empujaba a confundir lo que veía y a preguntar de más. Encima, a hacerlo muy aspaventosamente. “¡¡¡Ohhh, por Dios!!! ¡¡Qué emoción, no lo puedo creer!! ¡¿Qué animal es aquel?!” Sabía que estaba en África y que los más atractivos y típicos que podía encontrar eran los cinco grandes. Sabía, claramente, que no encontraría un deinotherium, un “sapo dorado” o un “dientes de sable”. Sin embargo, mi propio estado anímico conjugado con el vino, me habían predispuesto a encontrar maravillas, como maravilloso estaba viendo el sol, las nubes, los árboles. “Es una vaca”, me contestó la guía, que volteó la cabeza hacia atrás y me miró con un signo de preguntas en cada ojo, como queriendo saber si mi supuesta curiosidad era un chiste. Yo solté una risa de compromiso, disimulé el leve bochorno y me desarmé explicándole que conocía perfectamente el ganado vacuno porque ellos habían habitado nuestra tierra desde la misma época que nosotros, los gauchos, los hijos de españoles nacidos en el virreinato. ¿Y si conocía tanto de ganado vacuno cómo no pude darme cuenta de que era una vaca? Me faltaba explicar eso, lo más importante. Le dije que me confundí, porque la vi con la cabeza muy peluda y con unos cachos enormes. Y era cierto, hasta el día de hoy recuerdo la cabeza de esa vaca mirándome: parecía haber salido de una peluquería en la que le habían hecho frizz a toda furia. Proseguimos el tour. La situación se volvió a repetir con un animal parado en el medio del camino mirando el vehículo en el que avanzábamos. “¡¡¡Ohhh, por Dios!!! ¡¡Qué emoción, no lo puedo creer!! ¡¿Qué animal es aquel?!” La guía frenó y volvió a girar su cabeza hacia atrás. Antes de contestarme, clavó sus ojos limpios en los míos vidriosos. “¡Un perro!”, me dijo. No podía creer que el vino de un tour que bien caro que me había costado me estuviera haciendo actuar como una tonta. Debería haberme quedado callada y apurar la conversación en otra dirección. En cambio, me desarmé en explicaciones acerca de todo lo que yo conocía sobre esos hermosos animales a quienes tanto amaba, al punto de tener en casa un elenco estable de siete: tres ovejeros alemanes, tres dóbermans y un collie. No había perros más inteligentes que los ovejeros alemanes, ellos no hacían ostentación de su lucidez, no mordían a tontas y a locas a cualquiera y porque sí, sabían lo que hacían, solo las mordidas de unos siete dobermans podían igualar la capacidad ofensiva de la mordida de un solo ovejero alemán. No paraba de hablar. En cambio, los dobermans eran buenos cuidadores porque inspiraban respeto con su sola presencia, pero eran extremadamente mimosos, a excepción de uno medio loco que lo había tomado de punto al collie, lo mordía en el cogote, le hacía colgar la lengua cianótica por fuera de las fauces y no lograba matarlo porque habíamos aprendido que con nada podíamos hacer que lo soltara a no ser con un baldazo de agua. Y no paraba de hablar. Entonces, desde que nos dimos cuenta de los beneficios de los baldazos de agua, mi casa se había transformado en una challa permanente. El collie se hacía el estúpido, pero bien que andaba todo el día mordiendo talones. Terminé mi monólogo de ebria diciéndole: “No me di cuenta que era un perro, porque lo vi… ¡tan peludo!”

Lis Claverie, "Memorias de una extraña", fragmento.


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