CUANDO JAMES ME ENAMORÓ

‒Me llamo Bond, James Bond. ¿Le dice algo mi nombre, señora?


‒Me dice que usted está faltando a la verdad caballero o que su mamá tuvo amores platónicos con Sean Connery ‒le contesté con coraje aunque lo tuviera pegado a mi espalda rodeándome el cuello con su brazo derecho mientras con la mano izquierda me apoyaba un arma en la sien.


No sentí el caño frío en mi piel y ese tipo de cosas que se cuentan en las novelas de ficción, pero sí percibí una corriente eléctrica que fue y volvió varias veces desde la nuca hasta el coxis. El “me llamo Bond, James Bond…” lo dijo aquella noche inolvidable después que pasaron diez minutos eternos desde que ingresó en mi casa. En ese lapso, solo se había dedicado a conducirme desde atrás por todas las habitaciones cortando un cable tras otro, sin pronunciar palabra. ¿Por dónde entró? No lo sé, nadie lo sabe. Estaba en los planes de contingencias y riesgos el que alguien quisiera hacerse de “eso” que yo tenía, de modo que “El Departamento” se había encargado de instalar en esa mansión alquilada las máximas medidas de seguridad, pero ninguna había sido franqueada. Solamente sé que lo tuve respirándome la nuca luego de ducharme y ponerme una robe liviana, cuyo cinto no alcancé a anudar siquiera camino hacia mi habitación. Todo estaba en los planes, a excepción de un delirante que se presentara como James Bond, nada más y nada menos.


Fue mi mención de Sean Connery lo que despertó su sonora carcajada, gruesa, elegante, que me hizo sobresaltar más aún y luego sentirme un poco abochornada, como si hubiera dicho algo impropio para una mujer de mi rango en el Departamento de Inteligencia de Países Alineados contra el Contrabando de Reliquias Históricas. O como si yo fuera una afecta a las películas de Hollywood y estrellas de cine, lo que durante tanto tiempo había sido mal visto ‒al menos en el ambiente de los lingüistas, arqueólogos, antropólogos, cartógrafos y, por cierto, agentes secretos en el que me movía‒. Aún así, el perfume que emanaba de su piel y su voz, esa voz que parecía salir del fondo de una caverna, me dieron el indicio de que no estaba en las manos de un vulgar bandido, sino en las de un profesional sofisticado. Esa idea, me bajó las alteradas pulsaciones.


Lo cierto es que cuando quien yo creía un delirante me soltó el cuello, bajó su arma y me hizo girar sobre mis pies hasta tenerme cara a cara frente a sí, quedé boquiabierta: alto, al punto de que me sacaba una cabeza, espaldas anchas sosteniendo un impecable traje negro, camisa blanca luminosa que realzaba el bronceado de su piel, ojos verdes enmarcados por espesas cejas negras, montadas sobre arcos prominentes que hacían admirable juego con su mandíbula cuadrada. ¡Perfecto! ¡Sencillamente perfecto! Sean Connery, Roger Moore, Pierce Brosnan y Daniel Craig, lo mejor de todos ellos en un solo hombre.


Nunca consumo alcohol. Sin embargo, no sé por qué razón, esa noche me había preparado un whisky doble. ¿Sería esa la causa de que me asaltara un personaje de ficción creado por Ian Fleming en el ´52? Y si así fuera, ¿por qué no Mickey Mouse, o El Zorro, o Simón Templar el Santo, o Get Smart, el superagente 86? Ahora que lo pienso, ya que el destino me tenía preparada esta jugada que para nadie en mi lugar sería placentera, resultaba justo que se tratara del Agente 007 de quien siempre estuve enamorada.


‒¡Enlace su bata Dominique porque no he venido a seducirla, aunque tenga esa piel, ese abdomen… y ese pubis que me llaman a gritos! ‒me lo dijo sin dejar de recorrerme con una mirada muy parecida a la tentación.


‒¡Ni yo lo permitiría de un humano que la juega de personaje de ficción, caballero! ‒le dije atándome el cinto‒. Mi mención de Sean Connery lo ha hecho reír, ¿verdad? Ya que ha cortado todos los sistemas de alarma a la central y nadie vendrá en mi ayuda, cuenta usted con todo el tiempo del mundo para llevar a cabo su misión. Entonces me podría contar por qué la risa.


‒Pues porque a pesar de su inteligencia brillante, según consta en su foja de servicios, usted no deja de ser una replicante más.


‒Ajá… Creo saber adónde se dirige. ¿Qué es lo que replico? ¿Que Sean Connery y los otros actores eran reales y usted, Bond, James Bond, no lo era? Seguro estoy equivocada, sí, sí ‒le dije echando mano a la ironía.


‒Habla de mí en pasado como si James Bond, yo, hubiera sido y ya no fuera. Qué notable.


‒No ha contestado la pregunta.


‒Connery, Moore, Brosnan, Craig, en fin, fueron comidos por mí.


Este hombre está desequilibrado, pensé. Y si tengo que atravesar esta situación lo haré, pero no sin divertirme.


‒Ajá, usted se los comió cual si fuera un caníbal, ¿y cómo le supieron?, ¿sabrosos? ‒le pregunté.


‒Más que sabrosos… nutritivos le diría ‒dijo tomando el guante con rapidez‒, porque… porque me dieron vida, vida inmortal ‒agregó a continuación de una pausa, ya pensativo.


Y yo, encandilada por esa boca rellena de dientes blanquísimos, tuve un desliz impensado:


‒Sí…, sí, es cierto. Claro que sí, James. Ahora que lo pienso, ¿alguien duda acaso de que El Quijote, Sancho Panza, Romeo y Julieta, Fausto, Sherlock Holmes y tantos otros traspasaron las barreras de la irrealidad y, verdaderamente, son?


Ya estábamos en mi dormitorio, parados frente a frente en una perfecta paralela, yo hipnotizada por lo ideal, él cautivado por lo carnal. ¿Acaso no era James Bond un frío y despiadado super agente? No, no lo era, no lo es. Tan baja tenía la guardia por un cuerpo de mujer apenas sugerido bajo una robe; tan baja, que obedecí a un urgente impulso de aplicarle un directo y fiero puntapié en su entrepierna que lo hizo girar sobre sí mismo y desplomarse. No escuché ni un aullido, apenas el sonido del silencio durante unos segundos gélidos seguido de una especie de latigazo que no fue otra cosa que mi cuerpo cayendo de espaldas al suelo, ahora yo, mientras él de un salto se encaramaba sobre mi humanidad y, otra vez, su arma me apuntaba a la sien.


‒No se olvide que soy el único super agente en el mundo con licencia para matar ‒me dijo con una mirada más fiera que mi golpe.


‒¡Basta ya, Bond! No soy necia y sé reconocer cuando estoy perdida. Tomemos un whisky y vamos al grano, ¿le parece?

Un whisky tras otro, a un inglés, no le hicieron mella. A mí, abstemia, me emborracharon sin remedio.


‒Vamos al grano entonces ‒me dijo.


‒¿Qué grano? ‒le pregunté.


Caballero exquisito, se tomó el trabajo de explicarme lo que yo sabía que sabría si no estuviera en tamaño estado de embriaguez.


‒Su Departamento ha rescatado de manos de Monzer Kazabaini la partida de fósiles y momias bolivianas por la que él pagó una de las expediciones paleontológicas más caras de la historia.


‒¿Fósiles? ¿Momias? ¡Qué asco, qué asco 007! ‒fue lo que dije con la lengua enredada.


‒Y el trabajo no ha sido limpio además ‒continuó, sin dar señales de haber escuchado mi acotación.


‒¿A qué se refiere? ¿Problemas de higiene? ‒pregunté al tiempo que todo giraba en torno a mí y mi boca se acercaba y alejaba de la suya como buscando besarlo, aunque sin la más mínima intención de hacerlo. Solo se trataba de una cuestión de equilibrio.


‒Dominique, si hubiera sabido que usted se pondría tan tonta no hubiera permitido que bebiera alcohol ‒me lo dijo rabioso, tomando mis mandíbulas con las manos en “v”.


‒Ey, ey, Bond, está bien que entre super agentes no existan contemplaciones con una mujer y bien acostumbrada estoy a que me den duro de igual a igual, pero ¿no es demasiado apuntarme con un arma, arrojarme al suelo y ahora lastimarme la cara con esa mano que no sabe medir fuerzas?


‒El trabajo no ha sido limpio porque la cuestión del dominio de esas piezas debió dirimirse en una corte internacional y, eventualmente, indemnizar a Kazabaini por la exploración y descubrimiento de esas reliquias. Kazabaini actuó con autorización del Gobierno de Bolivia, no lo olvide.


‒¡Ah, claro, por cierto! ¿Y el Gobierno lo autorizó a sacarlas del país de forma clandestina también?


‒¿Y su Departamento? ¿Su Departamento está acaso autorizado a mandar a sus agentes a robarlas pero no para devolverlas a Bolivia, sino para entregarlas a los países alineados? ¡No me haga reír! ¿Tiene un puro?


‒No, puros no tengo… ‒contesté con cierta impaciencia‒. Bond, ni a su jefe ni al mío les interesa nuestra opinión sobre el asunto. Somos super agentes, el mundo de los escrúpulos nos está negado. ¿Por qué no disfrutamos de este encuentro? Póngase en mi lugar: ¡estoy con James Bond, por Dios! ¿Desearía alguna otra cosa de mí que pueda sustituir el placer de un puro? ‒solo burbujas etílicas en la sangre me podrían haber empujado a hacerle una pregunta tan sugerente que podía interpretarse igual que una oferta de mí misma.


Aun embriagada, un recodo de lucidez me mandaba a distraerlo para ganar tiempo, pues dos horas sin señal desde la mansión a la central significarían para los monitores que me encontraba en problemas y mandarían agentes de rescate. Daba por sentado que él sabía que esas piezas se encontraban en mi poder; de lo contrario, su presencia no tendría sentido. ¿Sabría que fui yo misma quien se las robó a Kazabaini en sus narices? Kazabaini no era un amante de las reliquias, sino un simple mercader que financiaba las exploraciones con autorización de los Estados a los que les daba las migajas quedándose con la parte del león. En el asunto “Bolivia”, las reliquias eran preincaicas y el Departamento supo que tenía dificultades para encontrar expertos que pudieran clasificarlas debidamente para después introducirlas por partidas más pequeñas en el mercado de los coleccionistas. De modo que se ideó el plan de mandarme a su fortaleza en las cuevas de Matmata en calidad de paleontóloga experta, que al mismo tiempo sabía cómo moverse en los subterráneos ilegales del negocio. Lo cierto es que después de meses de estudios que me permitirían pasar por una verdadera paleontóloga, fui despachada a Tunisia por el Departamento y allí me recogió el contacto que me trasladó en helicóptero hasta sus dominios. Los dos meses que pasé en la fortaleza de Kazabaini fueron de meticuloso y arduo trabajo. Meticuloso porque al tiempo que aparentaba clasificar las piezas, lo que hacía en realidad era sustituirlas por réplicas que me enseñaron a hacer. A los originales los sacaba los días domingos desde Tunisia adonde me hacía llevar con el helicóptero. La coartada había sido muy sencilla, yo debía pasar por una católica practicante que había puesto como condición para el trabajo el cobrar un sueldo jugoso y, en especial, el que me llevaran a la misa dominical de la única iglesia católica que había en todo el país. El piloto y el body-guard, me esperaban en el pórtico de la iglesia mientras dentro entregaba las partidas al contacto que se las había ingeniado para fungir de sacerdote y escuchar el “Yo pecador”, el “Pésame” y las faltas desde el confesionario. Y digo que fue arduo el trabajo en esos dos meses porque a Kazabaini, su obesidad y aspecto desgraciados, no le habían bajado ni un punto su autoestima, de modo que en lugar de interesarse por lo que yo hacía, se ocupaba de acosarme con gestos que me sabían empalagosos como un barril de miel. Llegado el último día, empaqueté réplica por réplica en bolsas de polietileno con burbujas de aire a modo de protección y dejé afuera un único original. Convoqué luego a Kazabaini a mi sala de trabajo y, mostrándoselo, le fui indicando lo que había hecho con el resto. Él, sin entender nada, movía la cabeza de arriba hacia abajo con ojos de admiración. Le advertí de que no debían abrirse por ningún motivo las bolsas de polietileno hasta tanto hubieran pasado unas setenta y dos horas, mínimo, porque su contenido había sido rociado con un químico antibacterial que si tomaba contacto con el oxígeno antes del plazo desintegraría las piezas. Dicho esto nos despedimos. Hubo una apurada inclinación de cabeza mía, y decenas de inclinaciones de cabeza y otros tantos gestos suyos muy ampulosos. En lugar del frío glacial con que cumplía habitualmente misiones, aquella vez me hervía la sangre y la piel, boqueaba de sed por el estrés y las pulsaciones me corrían muy por arriba de lo normal, pues ese robo descubierto en Tunisia me hubiera significado la horca.


Al cabo de recordar todo aquello, me asaltó el terror de que 007 hubiera venido no solo a recuperar las piezas, sino también a matarme, pues tenía licencia para eso desde que fue creado por Fleming en sus novelas y la siguió teniendo después en el cine en todas y cada una de las misiones que llevó a cabo. Lo precedía fama de frío y despiadado. Sin embargo, ¿a cuántos había matado en las novelas y en las películas? ¿Había llegado a matar alguna vez? No, no me mataría. Era el mejor de todos los profesionales de la historia.


A mi sugerencia de sustituir el placer de fumarse un puro por otro placer que yo pudiera ofrecerle, contestó con una mirada de celofán envolvente. Me engañé por unos instantes y me sentí una joya que él se disponía a regalarse a sí mismo. Restaba ponerme un moño. Y sí… me daba cuenta de que esto se estaba prolongando demasiado y de que para él ya era hora de ponerle ese moño al asunto obligándome a entregarle los fósiles y las momias. Yo pondría una sola condición bajo pena de resistirme igual que una endemoniada de suerte tal que su trabajo quedara como el más sucio y desprolijo de todas las sagas: que antes me tomara en sus brazos, me dejara reclinar mi rostro en ese pecho que la camisa aflojada ya dejaba ver y viajar unos segundos con el aroma de su piel, que escondiera sus dedos entre las profundidades de mis cabellos y que me recorriera el rostro palmo a palmo con su mirada como si yo fuera un milagro o una aparición en su vida, que me explorara luego los labios con su áspero pulgar y también me tomara el rostro con sus dos manos, que cerrara los ojos y acariciara mis mejillas con las suyas, que besara mi cuello suave con fuerza animal, que acercara y alejara su boca de la mía. ¡Pero que no me besara en los labios, que no me besara! Por nada del mundo quería perder el anhelo, las ansias, los deseos que dejan los hechos no consumados. ¡Ah, mi Dios! ¡Yo era la más impasible de todas las agentes y, sin embargo, frente a James Bond una ola de romanticismo febril me había invadido! ¿Y a quién no le habría sucedido?


‒Bien my darling, ¡quiero las reliquias ahora! ‒dijo cortando mi magia interior.


Entonces caí de la ensoñación igual que un pájaro al que lo hubiera alcanzado un disparo en vuelo y no atiné a ponerle ni una sola de mis condiciones.


‒Están bajo las sábanas de esa cama ‒le dije.


Fue ahí que me devoró con la mirada y me dio un beso contenido, exquisito, en la boca. Luego, descorrió con fuerza las sábanas de una cama que no era cama en realidad y que escondía un habitáculo profundo, volcó su contenido en dos maletines que había traído consigo y desapareció.


Quedé paralizada hasta que llegaron los comandos del Departamento, tiraron la puerta abajo y en milésimas de segundo los tuve en mi habitación.


‒¡¿Qué pasó Agente 008?!‒—me preguntó a gritos uno de los comandos.


‒¿Que qué pasó? Que me ha visitado Bond, James Bond, el Superagente 007 con licencia para matar. Y que me ha besado en la boca primero y que luego lo he tenido entre mis sábanas. Eso es todo, al menos todo lo que es de incumbencia del Departamento.


‒¡Maldición! ¿Y se ha llevado las reliquias?


‒No. Se ha llevado las réplicas. Los originales están allí, en la biblioteca, exhibidos, ¿los ve? ‒le dije mientras me dirigía al baño a darme una ducha urgente de agua helada.


Lis Claverie

"Cuando James me enamoró"

del libro "Una alma para dos"


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