ESA LLAVE DE ORO

El Templo de Santo Domingo, el más viejo de la ciudad, tenía una fachada austera, pero bellísima. Mirarlo producía una sensación de extrañamiento. Su aire morisco desentonaba con la arquitectura de esa ciudad mineral, de cerros, de jabalíes, venados y cabritos que, aunque algo impersonal, era española al fin. Española de la colonia, española de Sudamérica. No de la España invadida por los moros.


El campanario era el hogar de palomas que volaban todas las mañanas hasta la plaza con la única intención de ensuciarla con sus desechos. Tras ellas llegaba el placero solventado con el aporte de algunos buenos vecinos, para regar y barrer las veredas, y desprenderse de los souvenirs de esas aves grises ‒estas no eran como las blancas palomas de los cuentos‒. De modo que la plaza se veía casi siempre limpia y además se sentía silenciosa.


No era la plaza principal de la pequeña ciudad, aunque era muy linda o, mejor aún, la más linda. En el centro tenía una glorieta circular de material con balaustradas a la que se podía acceder por dos escaleras. En los corredores escoltados por añosos árboles, ya gigantes, había bancos de listones de madera pintados de verde y farolas muy altas distribuidas a exacta y prudente distancia unas de otras.


En el Templo se impartían las misas de los sábados y los domingos, y los sacramentos, todo envuelto en una atmósfera sublime y cálida, nada solemne. A ello contribuía en gran medida el Camarín de la Virgen, al que se accedía por dos escaleras laterales idénticas, forradas de mayólicas. Ella, coronada y ataviada de celeste, pletórica de luz, copiosa en estrellas, se lucía en una urna de cristal asentada en lo alto del ábside, de modo tal que podía ser vista de frente por los feligreses durante el servicio religioso y de espaldas por los que ascendían a su camarín después de la misa.

Al fondo de la nave izquierda se encontraba el sagrario de marfil, el gran tabernáculo donde estaba Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, bajo la forma de blancas hostias y rojos vinos que serían ingeridos por los fieles, después de su consagración, como el cuerpo y la sangre misma de Cristo. Si el resto del recinto era glorioso, pero tan acogedor que relajaba a los fieles y los hacía volar laxos al cielo con las oraciones y los cantos, este reducido espacio era paralizante por su excelsitud y majestad. Muy pocos se animaban a prosternarse allí a rezar. ¡Permanecer ante la Divina Presencia no ha sido nunca para cualquiera!


Contiguo al Templo, en dirección al sur, los primeros padres dominicos habían erigido una escuela para niños y niñas en la que se impartían clases por las mañanas y las tardes. Y hacia el este, una fábrica de alfombras artesanales cuya calidad y belleza había traspasado todas las fronteras.


Quien tenía a su cargo todo este complejo religioso, educativo y fabril era yo, el Padre Eulogio, “Eugio” para mis hermanos; yo, un auténtico dominico. Aunque todos me decían que mi rostro era de bondad constante como la virtud, me sentía bajo en varios sentidos y algo excedido de peso también, a la altura del abdomen. Jamás me dejé ver sin mi alba, mi esclavina negra, mi escapulario, mi rosario sujeto al cíngulo y mi tonsura.


Llevaba muy bien, físicamente, mis ochenta y seis años. Mi espalda se veía tan recta como el respaldo de una silla, mis manos sin manchas ni temblores se movían con agilidad y precisión, y mis pasos largos y firmes ponían en evidencia una energía incesante de la mañana a la noche. Me sentía ubicuo, estaba en todas partes: en la misa y en el campanario, en el rezo del Rosario y a la hora del himno, en los actos escolares y en la sala de maestros, en los campeonatos, en la biblioteca, en la sala de música y en las aulas, y en la hilandería de alfombras también.


Sin embargo, mi psiquis sí había registrado el paso de los sesenta años como predicador dominico y eso se traducía en algunos pensamientos intrusos y recurrentes en torno a una llave, la única con la que se podía abrir el sagrario de marfil del Templo.


La llave en cuestión había sido tallada en oro por unos maestros joyeros de Segovia en un año que se perdió en la historia, y lo fue a la medida del cerrojo del sagrario de marfil tallado, a su vez, por los mejores orfebres de Castilla. El encargo había provenido de la Orden de Predicadores de Santo Domingo de Guzmán en Tolosa; pero toda esa obra habría de pasar muchos años guardada en un sótano, sin que los predicadores se decidieran a asignarla a ninguna iglesia, ni del viejo ni del nuevo continente, puesto que siempre les parecía que los potenciales destinos no estaban a la altura de su exquisitez.


Se habían perdido también en la historia las causas o razones que determinaron que, finalmente, el compuesto artístico fuera a parar a un barco en el que viajó por los mares hasta llegar al Río de la Plata y, una vez allí, a uno de los trenes que se dirigían hasta el centro mismo del país. Quizá no haya causas ni razones humanas que lo expliquen en realidad y eso solo bastaría para considerar su presencia en el Templo a mi cargo como un portentoso milagro.


La belleza del sagrario, sus formas, sus luces y sombras, sus relieves y concavidades, no podían ser descriptos con palabras. Para regocijarse en él o con él, el feligrés debía ir al Templo, caminar hasta el fondo de la nave izquierda y postrarse ante su sagrado contenido. Nadie podía dar cuenta de su hermosura, no valían con él los mediarios, ni los terciarios; simplemente, había que verlo. Pero antes, el devoto debía despojarse del temor reverencial que provocaba la Divina Presencia, lo que no todos lograban y por eso podría decirse que el gozo de su contemplación estaba reservado a una élite de valientes. Y es que una cosa es pensar que Dios ve todo, todo el tiempo, y otra muy distinta es sentir que Él está focalizando su mirada solo en uno. En el primer caso uno se siente anónimo entre la multitud, mientras que en el segundo, se siente desnudo hasta las entrañas.


La llave era muy bella también, pero no inefable. Cabeza y cuello se confundían en una sola parte de filamentos de oro curvados de manera magistral formando símbolos minúsculos y casi invisibles imágenes religiosas. Su cuerpo no tenía tope ni fresado, pero sí un delicadísimo perfil. Su punta consistía en un único y gran diente rectangular agujereado como un panel de abejas en miniatura.


El tabernáculo no necesitaba de custodio: ¡su divino contenido era su propio guardián, el más poderoso de todos! Ni un hereje sería capaz de destruirlo, ni un ladrón de robarlo. Nadie podría con él. Además estaba inmóvil, mitad empotrado en la pared. Pero con la llave era distinto. Pequeña, iba todo el tiempo del bolsillo de mi alba a mis manos, de allí al cerrojo y desde el cerrojo al bolsillo nuevamente. Así, en varias misas del sábado y en más misas del domingo, además de otras varias liturgias al año. Ello sin contar con que todas las mañanas me vestía y todas las noches me desvestía; entonces, la llave se iba con el alba al armario, al perchero, a la cama, a la silla o al suelo y una vez cada día también terminaba en la balda del baño cuando me bañaba. Y ni qué decir cuando día por medio mi atuendo usado iba a parar al fregadero y entonces era reemplazado por uno limpio, en cuyo caso había que cambiarla de bolsillo.


La llave de oro que me encargaba de mantener siempre limpia y pulida, era única e irreproducible. No tenía dobles. Vanos habían sido mis intentos por hacer una copia. Cada vez que se lograba, la puerta del sagrario ya no abría. Yo había cesado en ese propósito desde hacía cinco décadas, más o menos, convencido de que esa condición era el precio que el Cielo nos había impuesto a los dominicos por el milagro de la presencia de ese tabernáculo en nuestro Templo. Seis décadas sin perderla de vista ni un solo día, eran consideradas por mí como la cruz que debía llevar en esta vida para acceder a la tierra prometida.


En suma, esa llave se había convertido en la causa de mis desvelos. Y es que no podía conciliar el sueño cuando ponía la cabeza en la almohada por las noches, después de haber rezado mis oraciones en el reclinatorio del cuarto, preguntándome a mí mismo si estaba seguro de haberla dejado en el bolsillo del alba y contestándome inmediatamente que sí, que efectivamente allí se hallaba. Luego, volvía a preguntarme si estaba seguro de haber dejado el alba colgado en el armario, o en el perchero, o donde fuera que lo hubiera dejado esa noche, para responderme que sí, que efectivamente estaba seguro de haberlo dejado colgado donde debía y después, cuando pretendía darme por tranquilo, me decía que sería mejor levantarme y verificarlo con mis propias manos, y así lo hacía en la oscuridad para volver satisfecho a la cama. Sin embargo, cuando comenzaba a adormecerme, una idea peregrina me asaltaba en el caso de que el alba hubiera quedado colgado en el armario o en el perchero: que por la mañana pudiera entrar la lavandera y llevárselo al fregadero. Esa idea me hacía sudar frío, así es que me levantaba en la oscuridad una vez más, lo sacaba del armario o el perchero y pensaba que quizá podría dejarlo a los pies de mi cama, pero al mismo tiempo sopesaba los riesgos de patearlo dormido y que durante la caída al suelo la llave se escapara del bolsillo. Y si pensaba en dejarlo en la silla que estaba cerca de la estufa, quedaba claro que no se la llevaría la lavandera, ¿pero qué sería de la llave si el alba se prendía fuego? Esta idea me hacía sudar calor.


Y así, ya sudando de frío, ya sudando de calor, iban pasando los años. Al principio, estas fantasías se me presentaban en el duermevela, pero terminaba por dormirme y el alba quedaba allí donde lo soltaban mis manos cuando perdía la conciencia.

Siguieron pasando los años que se hicieron décadas y esas fantasías atravesaron los límites de la vigilia y se instalaron en mis sueños a modo de pesadillas. Soñaba que me guardaba la llave en la boca, pero dormido me la tragaba. Luego, con desesperación, intentaba recuperarla del inodoro, pero nunca más aparecía.

O soñaba que el perro entraba con sigilo a mi habitación, me miraba sostenidamente a los ojos para cerciorarse de que estuviera dormido, sacaba la llave del bolsillo del alba con los dientes y se escapaba corriendo al patio de la escuela. Cuando yo salía tras el perro para alcanzarlo nunca lo lograba o porque mis piernas no avanzaban, o porque cuando tenía el perro a mi alcance, este me hacía gambetas o zancadillas. Algunas veces, con suerte, la recuperaba de las fauces del animal, pero en tal caso ella volvía malograda por las mordidas.


También solía soñar que entraba una rata vestida con los atuendos propios del Opus Dei ‒¡qué ocurrencia, con lo que quiero a mis hermanos del Opus Dei!‒ y que la rata corría de un lado a otro de la habitación con la llave robada, mientras yo buscaba enloquecido una escoba para darle muerte y que cuando mi ayudante, alertado por los gritos, aparecía con la escoba, ya era tarde, pues la rata se había escapado con ella.


En una ocasión llegué a soñar que unas avispas negras entraban en el cuarto, se metían en el bolsillo, la sacaban entre varias, con las patitas, y se la llevaban volando como un precioso cargamento a un panal que estaba en la copa de un árbol muy alto. Cuando yo lograba conseguir, trasladar y apoyar una enorme escalera en el tronco y subir hasta la copa, las avispas me picaban de tal manera que me dejaban la cara llena de protuberancias como una cordillera.


Con el tiempo, aquellos desvelos vueltos en pesadillas, terminaron por convertirse en desvaríos.


Mis hermanos me contaron que enloquecí, que tenía la llave en mi poder pero yo la daba por perdida y comenzaba a gritar a viva voz que tal o cual maestra me la había robado en un descuido durante la reunión en la sala de docentes; o que la lavandera se la había dado de confundida y tomado junto con la ropa usada para llevarla y tirarla por el sumidero, porque era una apóstata que no creía en el Santísimo Sacramento; o que algún alumno relapso me la había sustraído cuando estábamos al aire libre jugando a la pelota.


Pobre de mí… por el Paraíso que tanto soñaba había vivido un infierno desproporcionado allá en la Tierra, al punto de volverme rematadamente loco. Me consuela el hecho de que finalmente, sano o insano, nunca jamás perdí la llave.

En mi lecho de muerte los hermanos me la pedían, me rogaban por ella. Yo les contestaba que sí, que sí se las daría, pero por medio de San Pedro. Cuando ellos insistían en el pedido, los miraba a los ojos y les preguntaba con vehemencia si es que acaso habían perdido la fe en San Pedro o desconfiaban de que se las pudiera hacer llegar desde el Cielo. Claro que no, claro que no hermano, me decían. Pero, ¿para qué ocasionarle molestias a Pedro e importunarlo con pedidos de encomiendas?, me preguntaban.


Yo no develé dónde la escondía y así, cuando partí a la tierra prometida, la llave viajó conmigo en el bolsillo del alba que lucía en el ataúd. Se cumpliría mi última voluntad: poder entregársela en propias manos a Pedro y que fuera él quien asignara esa enloquecedora labor a otro curita tan responsable y leal como lo fui yo, pero menos susceptible.

Lis Claverie

Del libro: "Un alma para dos"


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