HAY MOMENTOS PARA NO ESTAR SOLA

Un día, ..., pasé por el living de la casa desde el sector de los dormitorios hacía la zona de servicios y uso diario.

Al lado de la puerta principal hay dos ventanas orientadas al sur que permiten ver el porche de la entrada y, más allá, el parque de árboles que amarillean en otoño.

Por el rabillo del ojo y a través de los vidrios advertí que Penélope, mi perra, estaba al lado de esa puerta en una posición extraña. Como había pasado rápido, volví a mirarla con detenimiento. Tenía la cola y las patas traseras alzadas. En cambio, la cabeza y las patas delanteras estaban inclinadas. Todo el pelaje se le había crispado y los ojos y el hocico estaban orientados hacia un solo punto. Percibí, en el acto, que quería atacar, aunque dudaba. Yo no alcanzaba a ver qué había allí, a ras del piso, así es que tuve que apoyar la cabeza contra uno de los vidrios. En ese momento vi el animal más inmundo de toda la Creación: una víbora. Se trataba de una yarará, venenosa. Se distinguirlas por su cabeza triangular, su piel y su tensión. De tanto en tanto, cada vez con menos frecuencia, aparecen víboras en el parque, pero siempre por el lado opuesto, el norte, orientado hacia los cerros y sus montes. Era inusual que hubiera una allí, casi pegada a la puerta de ingreso de la casa. Sentí pavura de que Penélope concretara su propósito. Los Golden son grandes y buenos cazadores de aves, pero no podía ser tan temeraria y dejarla medirse con una yarará. Corrí hacía la puerta que da salida al parque por el comedor de diario. Salí, giré y allí se presentó a mis ojos la escena completa. La yarará era enorme, gorda. Estaba enroscada sobre si misma formando una figura piramidal. Desde el vértice se erguía el último tramo de su cuerpo, el que corresponde a la tráquea. Estaba perfectamente sustentada, tenía la boca abierta en su máxima extensión, lista para morder. Comencé a llamar a Penélope, sé que me escuchaba, pero no podía girar su cabeza para mirarme porque eso hubiera significado un segundo mortal para ella. Me di cuenta de que no debía intrigarla con un simple llamado. Debía hacer algo que la obligara a apartarse de la víbora en un segundo. Había visto documentales sobre víboras y me había llamado la atención la increíble velocidad y aceleración de sus ataques una vez que están sustentadas. Entonces me arrojé al suelo, fingiendo estar herida y profiriendo llantos y lamentos. En el acto la perra corrió hacia mí. Me incorporé y corrí con ella, que me seguía, hacia el interior de la casa. Había salvado a mi perra, pero no podía dejar con vida a la víbora. Si así lo hacía, podría esconderse entre las macetas y atacar después, trepar por la enredadera, meterse adentro de la casa. No podría estar tranquila si sabía que rondaba por allí. Debía hacerme cargo yo. ¿Quién más?

Dejé encerrada con llave a Penélope y volví a salir. Busqué una piedra, tomé la más grande que encontré. Me acerqué lo suficiente como para asegurar la eficacia del golpe, aunque no tanto como para que alcanzara a morderme. La repulsión, la adrenalina y yo éramos una sola cosa. Sabía que si no le acertaba el tiro en la cabeza seguiría viva y podría desplazarse aun con la mitad de su cuerpo. Era muy difícil, nunca me había caracterizado por mi buena puntería. Calculé y arrojé la piedra. Le erré, se desenrolló rápidamente y comenzó a deslizarse en sentido opuesto al lugar en el que yo me encontraba. Tomé la misma piedra y cuando había dejado de deslizarse la arrojé por segunda vez. Le di en el último tercio del cuerpo, saltó sangre, pensé que quedaría atrapada allí y que así me sería más fácil correr a buscar otra piedra para rematarla de un golpe en la cabeza. Pero, increíblemente, logró desprender la parte aplastada de su cuerpo y deslizarse arrastrándola con ella bastante más lejos. Su trayecto era un reguero de sangre.

Me apuré hacia la piedra. Advertí que estaba manchada con su sangre. Me pregunté si su sangre podría contener veneno, aunque no esperé a darme una respuesta. Si no intentaba un nuevo golpe, era probable que se ocultara en la enredadera y la perdiera para siempre, así es que tomé la piedra ensangrentada. Con el tercer tiro le di en el espinazo. Estalló y sus vísceras rosadas y gelatinosas me salpicaron. A esa altura, mis niveles de adrenalina debieron ser altísimos, porque ya no sentí asco, ni me importó. El problema fue que aun reventada en sus dos terceras partes, escapó rápidamente y se escondió en la enredadera. Me desesperó, quería verla muerta.

Corrí en busca del escobillón, lo había visto al lado de la puerta lateral. Volví hacía la enredadera y comencé a golpearla a ciegas, donde calculaba que podía estar, un golpe feroz tras otro, y uno más, y uno más. Sin proponérmelo, con cada golpe me salía del pecho un ronquido fuerte y gutural. Sentía que se me estaba yendo la vida. De pronto, sentí un chasquido entre las hojas y apareció colgando en vertical, cabeza abajo, muerta.

FIN

Estas situaciones son iguales a las pesadillas. Solo quien las padece puede dimensionar el terror, la pavura, el asco. Son, también, una confrontación con la soledad. Y una comprobación de cómo la soledad puede distorsionar el modo en que son vivenciados los hechos y su intensidad. No lloré, ni sentí ganas de llorar aquella vez. Estaba exultante, porque había ganado una lucha pareja: ella con su veneno, yo con mi piedra.

Sin embargo, pasadas las horas y los días, esa confrontación con la soledad me provocó miedo, extrañeza de mí misma, estados alterados de la mente y de la percepción de la realidad. Y no es que no me guste la soledad, ni que sea incapaz de convivir solo conmigo y mi mundo interior, o percibirme y ser testigo de mí misma. Es que hay momentos para no estar sola...


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