JUAN FELICIANO, EL CUSTODIO




El mismo día que nació Isabella Velázquez de Cobreces y Bárcena murió su madre y enloqueció su padre. Lo de Adelaida María, no era infrecuente. Al fin y al cabo, era un hecho natural morir de parto aunque la madre no fuera india, ni negra, sino una auténtica vástiga de los Bárcena, casada con José Manuel, vástago él de los Velázquez Cobreces. Era natural, aunque la asistieran dos parteras y aunque el mismísimo Obispo, primo hermano de la familia por ambas ramas, hubiera acompañado a la madre en los rezos y ruegos a San Ramón Nonato casi hasta el instante en que la niña entró al canal de parto: “A Ti, oh glorioso protector acudo para que bendigáis al hijo que llevo en mi seno. Protégeme a mí y al hijo de mis entrañas ahora y durante el parto que se aproxima”, rezaba la madre en letanías lastimeras. Pero lo de José Manuel, no era natural, pues ambas familias cumplían con los mandamientos, aportaban el diezmo proveniente de los ingenios, habían solventado los ornatos de la iglesia e, incluso, habían vestido de pies a cabeza a la Virgen cuando llegó envuelta en unos trapitos deslucidos con uno que otro remiendo disimulado. Lo de José Manuel, no era obra del designio divino, sino del mismísimo demonio y sus aliados. Y así lo pensaban y consentían ambas familias en su fuero interno, aun a costa de herejía y a pesar de las amonestaciones del Obispo que en varias oportunidades había intentado hacerles entender que el demonio es potente, pero no como Dios que es omnipotente; por lo tanto, nada podía hacer el diablo si Dios no lo permitía, salvo que Él estuviera distraído o entretenido en otros menesteres, pero nunca lo estaba. En vano había sido que al mismo tiempo ambas familias trataran de hacerle entender al Obispo que no podía ser un hecho natural que hubiese un lunático en la familia, cuando haciendo memoria hasta los choznos y bichoznos nunca había existido ni una gota de sangre de un tocado de la cabeza. En cambio sí habían muchas muertas de parto en la historia familiar, porque tanto de los Velázquez de Cobreces cuanto de los Bárcena las mujeres nacían con caderas angostas pero parían niños cabezones, con las consecuencias devastadoras que ello trae. De manera tal que la muerte de Adelaida María fue llorada mucho, pero poco tiempo. En cambio, la locura de José Manuel fue llorada poco, pero todo el tiempo, generación tras generación.


Doña Concepción, madre de la muerta, tenía otros siete hijos varones, todos casados y con hijos varones a su vez. Llegada la hora del parto de sus nueras, acostumbraba concurrir a la iglesia con un atadito aterciopelado de piedras preciosas que donaba a la Virgen, para que las costureras las cosieran en vestidos nuevos a estrenarse cuando fuera sacada en procesión. El día en que Adelaida María iba a parir, por tratarse de su única hija, había doblado la donación de la Virgen en cantidad y calidad: esmeraldas de Otanche, rubíes africanos traídos por mercaderes, zafiros y amatistas de Suramérica, perlas y diamantes del acervo familiar. Fue cuando salió de la iglesia y llegó al solar de los Velázquez de Cobreces que su consuegra, Doña María Antonia, envuelta en llantos espasmódicos, le comunicó la buena nueva del nacimiento de Isabella, pero la desgraciada muerte de Adelaida María. Rodeada como estaba la abuela paterna de sus cinco hijos y de sus nietos, todos varones también, no pudo desmayarse como hubiera querido. Pero Doña Concepción, cuyos siete hijos y nietos varones todavía venían en camino, no tuvo quien la tomara ni por la espalda, ni por los brazos y antes de poder derramar una lágrima tan siquiera cayó como un saco de maíz al suelo.


Para hacer volver en sí a Doña Concepción la acostaron en una cama y le aflojaron la ropa. Las sirvientas corrieron a buscar vinagre para darle a oler, pero no dio resultado. Probaron con alcohol y con perfume, le friccionaron con fuerza el corazón, le palmearon el rostro varias veces e incluso el marido, por la desesperación, le aplicó golpes a mano abierta y cerrada también, pero ella seguía inmóvil. Fue cuando Josefa, la sirvienta mulata, le presionó la zona baja del vientre, que recuperó el conocimiento.


Cuando Doña Concepción abrió los ojos, le resultó evidente a Doña María Antonia que su consuegra estaba destrozada por el dolor. Y al mismo tiempo, por los ojos de Doña María Antonia, a Doña Concepción le supo patente que a su consuegra le había pasado algo igual de malo o aún peor.


‒¿Qué? ¡Qué! ¡Qué peor que la partida de mi niña Adelaida! ‒gritó Doña Concepción.


‒Que… que… José Manuel ha enloquecido ‒contestaron los hijos de Doña María Antonia que rodeaban la cama.


‒…


‒Que los cabales se le han ido, ¿entiende? Que está mochuelo, ¿lo comprende?


‒Josecito, Josecito Manuel ha enloquecido de dolor igual que enloqueceré yo ‒musitó Doña Concepción.


‒Es que no es como tú piensas mujer ‒intercedió su marido, Alfonso Juan Bárcena, mientras los demás se llamaban a silencio con las cabezas hundidas entre los hombros y la que se desmayaba en ese instante, sin que nadie la sostuviera, era Doña María Antonia‒. José Manuel no ha enloquecido porque murió Adelaida María, sino que Adelaida María murió porque José Manuel enloqueció.


‒¿Qué dices? ‒preguntó en un susurro apenas audible.


‒Digo, mujer, que José Manuel amaneció loco esta mañana. Y que fue después que nuestra hija viera a su José arrancándose los pelos de la cabeza, con los ojos fuera de las órbitas, espumando por la boca, que se desató el parto y el infortunio.


A Doña María Antonia no hubo que friccionarle los ovarios para que despertara de su soponcio. Ambas consuegras doloridas, pero ya en sus cabales, se miraron fija y sostenidamente a los ojos y con la sola mirada, sin una palabra salida de esas bocas, se dijeron algo que nadie escuchó: se acababan de declarar la guerra por la tenencia de Isabella.


Lo que sobrevino después fue un caos porque con la llegada de los varones Bárcena se completó la familia entera de ambas ramas en torno a la muerta y a la cuna de Isabella: dos abuelos, doce tíos hombres y treinta y seis primos varones de todas las edades, más el Obispo. Y fue un caos también porque no se había alcanzado a enfriar el cuerpo de Adelaida María, ni a calentar el de Isabella, cuando ambas abuelas se arrojaron sobre la cuna al mismo tiempo con la intención de apropiársela a tirones, lo que alguna habría logrado si no fuera porque Don Carlos José Velázquez de Cobreces, que se conservaba aplomado, levantó en vilo a la niña y se la entregó a Josefa para que la pusiera a salvo.


Josefa llevó a la niña a otra habitación acurrucada entre sus brazos. No podía dejar de mirarle embelesada la boquita llena de dientitos y muelitas como perlas con destellos, ni dejar de escuchar hipnotizada sus carcajadas como gorjeos de jilgueros. Nunca había visto la mulata un niño o niña que viniera al mundo tan completo. “Arrorró mi niña, arrorró mi amor, mientras papito pasea por la luna y mamita te cuida desde una estrella, a ti te harán cosquillas los rayitos del sol y esta nana mulata te hará un nidito, un nidito con ramitas de amor”, le cantaba en susurros apenas audibles.


En la otra habitación, no pudo la fuerza aunada de los cincuenta y un hombres de todas las edades, separar a las consuegras que se habían trabado en una lucha feroz y sangrienta en la que no se escatimaban tirones de pelo, rasguños y hasta mordidas. Parecían vomitar con ira descomunal el dolor que les rompía hasta el último de los umbrales pues no lo podían contener en el cuerpo.


Desparramadas en el suelo, con las polleras en jirones, exhaustas, maldiciendo y escupiendo, dieron por terminada la pelea cuando la mulata entró corriendo a la habitación con la piel blanca como si fuera mujer del norte y tartamudeando transmitió un mensaje:


‒¡Dice la niña Isabella que ya basta de pelear!


Hubo un acuerdo entre ambas familias dictado al notario, en torno a los siguientes asuntos: la causa de la partida de Adelaida María había sido, definitivamente, de muerte natural por parto; quedaba prohibido repetir ante propios o extraños que se debía al hecho de que su marido José Manuel se había vuelto mochuelo ‒como sugirió ese funesto día el simplón de Don Alfonso Juan Bárcena, tal la calificación que le daba la mayoría‒ y la crianza de Isabella quedaría a cargo de ambas abuelas, por mitades exactas, quienes de ahora en más vivirían juntas; en el solar urbano de los Velázquez de Cobreces en los otoños e inviernos, y en el solar rural de los Bárcena en las primaveras y veranos. En cuanto al padre de la niña ‒que ya había sido llevado a la Iglesia a firmar el acta en el que la reconocía como propia‒, sería despachado en un vapor a Europa, acompañado por uno de los servidores, Aldair ‒medio corto de luces, pero no tonto al punto de José Manuel‒. En relación a los maridos de las abuelas que de ahora en más vivirían juntas hasta que Isabella creciera, los dejaban librados a su voluntad en cuanto al lugar de su residencia. Luego, los miembros de ambos clanes estamparon sus rúbricas en el acta notarial. “De muchos acuerdos insólitos he debido dar fe, pero extravagantes como este, ninguno”, pensó para sus adentros el notario.


El día del bautismo de la niña, a los seis meses ‒bastante tarde por tratarse de una recia familia católica apostólica romana, pero justificable porque nadie había estado con ánimos para festejos‒, se suscitó entre las abuelas el primero de los conflictos a raíz del vestido que se le pondría, porque cada una quería que luciera el que ellas habían usado, a su vez, en su propio bautismo. La cuestión se zanjó con ecuanimidad porque ambas tenían un amor barroco por esa nieta, de manera tal que decidieron que vestiría el que fuera más largo ‒en otras ocasiones la solución vendría de la mano de “lo más grande”‒. Tomaron las medidas y resultó ganador el de Doña Concepción: un metro ochenta de longitud, que en brazos de unos cuerpos de altura promedio como los de los padrinos elegidos, arrastrarían por el piso cincuenta centímetros de brocato y encaje bordado íntegramente con cristales.


Isabella lloró sin consuelo durante toda la ceremonia. Si bien con seis meses ya podía soltar muchas palabras, no le alcanzaban para expresar la tremenda antipatía que le provocaba el Obispo de la familia cuyo rostro y mirada recordaba haber visto al final del canal de parto el día que vio la luz.


‒Isabella ha nacido manchada, manchada con el pecado original. Te pedimos que la libres del espíritu del mal proveniente de las tinieblas y la recibas en el Reino admirable de tu luz ‒oró el Obispo.


‒Así sea, así sea, así sea ‒repitieron los presentes.


‒¿Renunciáis al demonio?


‒¡Sí, renunciamos!


‒¿Renunciáis a todas sus obras?


‒¡Sí, renunciamos!


‒¿Renunciáis a sus engaños?


‒¡Sí, renunciamos!


‒¡Y cómo no voy a renunciar si fue el demonio el que se las agarró con la cabeza de mi Josesito Manuel! ‒gritó destemplada Doña María Antonia.


Cuando la abuela María Antonia tomó en sus brazos a Isabella para intentar consolarla, luego del exabrupto y de arrojada el agua bautismal en su cabecita, notó dos protuberancias en su pequeña espalda, a la altura de los omóplatos. Llamó la atención de la abuela Concepción y en un aparte, mientras el resto de la familia despedía al Obispo y sus acólitos, le desabrocharon una a una las perlitas que cerraban el vestido hasta dejar al descubierto dos bultos perfectamente ovalados, de color marfil nacarado, duros como el caparazón de una tortuga, que a sus ojos comenzaron a resquebrajarse y a crujir con el mismo ruido que hacen las cáscaras de un huevo cuando se rompen. Las abuelas, aunque acostumbradas a ver toda clase de fenómenos naturales y antinaturales en esas tierras extrañas, no pudieron contener el asombro y dejar de llamar a todos para que vieran también lo que ellas veían: de esas pequeñas caparazones o cáscaras comenzaban a nacer unas plumitas minúsculas, que a medida que pasaban los minutos iban creciendo, a lo largo y a lo ancho, al tiempo que los pelitos de las plumas, muy ralos y débiles al principio, empezaban a tupirse. Todos permanecieron empotrados en el suelo hasta que el fenómeno de crecimiento pareció haber alcanzado su forma y tamaño definitivos. Se trataba de dos alas de porte descomunal para la niña, pero de apariencia liviana porque la ventisca que entraba por la gran puerta de la iglesia las mecía suave y aleatoriamente en todas direcciones.


‒¡Isabella! ¿Es esto una broma? ‒le preguntó la abuela María Antonia pareciendo dar por sentado que la precocidad de su nieta era suficiente como para darle la explicación de un fenómeno como ese.


‒¡Tengo alitas! ¡Tengo alitas! Soy como el pájaro bobo abuelita ‒chillaba contenta Isabella.


‒Ve y dile al Obispo que vuelva y nos explique esto ‒ordenó la abuela Concepción a su nieto más grande.


‒¡Qué no, mujer! ¡Qué esto no es para curas! ¡Esto es para un médico! ‒terció el abuelo Alfonso Juan.


El vestido de Isabella se había desgarrado casi por completo y las alas no cabían en el carricoche ‒al menos, no sin riesgo de que se quebraran en el intento‒, por lo que ambos clanes familiares partieron caminando hacia la casa, llevándola en brazos el más corpulento de los primos, mientras los más pequeños ayudaban a cargar las alas como si fueran la cola de un vestido de novia, cuidando de que no se enredaran en las ramas de los árboles o se ensuciaran en los charcos de barro.


Llegados a la casa, el abuelo Carlos José ordenó a su servidor Lorenzo que corriera a buscar al médico. “Don Carlos José me manda corriendo a todos lados, ¿por qué no lo manda a Tabú que no es cojo como yo?”, rezongó Lorenzo. Lo esperaron con Isabella sentada sobre una mesa y las alas, tras ella, en posición de descanso, mientras los primos tomaban por turnos su taza de leche con roscas en el comedor contiguo.


El médico no se hizo esperar. Entró, felicitó a las abuelas por el bautismo e hicieron un brindis con unas copas de licor que sirvió Josefa. Luego examinó a Isabella, midió las alas, las palpó con los dedos, las recorrió pluma por pluma con una lupa, probó despegarlas con leves tirones primero y después, viendo que a la niña nada le dolía, intentó arrancarlas echando su cuerpo hacia atrás al tiempo que hacía palanca con un pie apoyado contra la pared. Ni un centímetro se movieron las alas y como el médico no acertaba a pensar en ningún diagnóstico que explicara el fenómeno, los miembros de la familia se creyeron con derecho a hacer sus propias conjeturas: que eran alas de pollo gigantes, que eran de gansos, que eran de palomas, que se trataba de una enfermedad contagiosa, que Josefa dejaba jugar a la niña con las gallinas y se le debían de haber metido plumas bajo la piel, que era un castigo, que era un embrujo. A pesar de que los adultos allí presentes eran todas personas instruidas y mundanas, a ninguno se le pasó por la cabeza la respuesta más lógica y sencilla: que eran de ángel. El médico se retiró diciendo a las abuelas que volvería a examinar a Isabella unos días más tarde cuando la explicación del fenómeno se pusiera por sí sola de manifiesto.


Los que tenían que partir partieron y los que quedaron se fueron, cada uno, a sus aposentos. Josefa fue quien cargó a la niña con las alas hasta su alcoba y allí permaneció en vela, a su lado, toda la noche. En algún momento del amanecer la venció el sueño por unos pocos segundos, pero fueron suficientes para que cuando despertara y abriera los ojos viera que las alas ya no salían de la espalda de la niña, sino de un niño de su mismo tamaño que dormía plácidamente a su lado.


Doña María Antonia y Doña Concepción conversaban en la sala del desayuno cuando Josefa entró y les dijo:


‒Dice la niña Isabella que las alas no son de ella. Que son de su ángel de la guarda y que le ha puesto de nombre Juan Feliciano.


‒¿Y quién lo ha mandado? ‒preguntó Doña María Antonia dando un salto.


‒¿Y quién va a ser? ¡Mira las preguntas que haces! Él, ha sido Él. ¿Quién si no?


‒Pero… ¿y para qué?


‒Pues para que la cuide, como lo hacen ellos con los demás, el tuyo contigo y el mío conmigo. La diferencia es que algunos son visibles y otros no.


Y así es como apareció Juan Feliciano en la vida de los Velázquez de Cobreces y Bárcena.


Que el ángel de la guarda de Isabella se hiciera presente y conviviera entre los mortales como uno más, no era un hecho usual, pero tampoco era único. Se conocían algunos otros casos en esas tierras y eso era tomado como un buen designio. Se suponía que aquel que convivía durante toda su existencia con la presencia visible de su custodio, no caía nunca en pecado venial, ni menos aún, mortal, por lo que a la hora de la muerte su alma partía al cielo sin escalas en el purgatorio.


Juan Feliciano no era hermoso como los ángeles del imaginario popular. Los blancos los pensaban a su imagen y semejanza: rubios de ojos azules, regordetes y sonrosados. Los negros, negros. Los indios, indios; los mulatos, mulatos, y así sucesivamente, todos armónicos y proporcionados. Pero a Juan Feliciano le faltaba armonía y proporción. Tenía el párpado de uno de sus ojitos cerrado a medio camino, por eso cuando miraba debía levantar necesariamente la cabeza para focalizar. La nariz era pequeña, pero aplastada. En otro caso, se habría dado por sentado que ello era la consecuencia de un mal trabajo de parto, pero como se trataba de un ángel y nadie sabía a ciencia cierta cómo era que ellos nacían, esa hipótesis quedaba en la nebulosa, como también que fuera el resultado de una trompada, como sucedía con los hombres que se iban de manos y andaban por la vida con la nariz quebrada, porque no era apropiado pensar en un ángel haciendo pugilato. Los dientitos superiores no solo hacían como una especie de volado hacia arriba sino que, por esta misma razón, nunca se juntaban con los de abajo dejando ver un hueco por donde escapaba su lengüita. Si Juan Feliciano hubiera hablado, habría sido ceceoso. Pero no hablaba. Tenía las piernas muy cortas y era cabezón. En fin, no era bonito, pero por alguna razón los veían adorable.


Juan Feliciano era tratado con deferencia y cumplimiento no solo por los miembros de la familia y sus servidores, sino por el Obispo, sus acólitos y las monjas. También por los vecinos. Es cierto que en atención a su misión, el lugar que tenía asignado a la mesa estaba al lado del de Isabella, que por ser mujer y la más pequeña de toda la familia era ubicada al final de la larga mesa. Pero cuando el Obispo u otra persona de importancia eran invitados a comer, los rangos protocolares eran respetados a ultranza y entonces Juan Feliciano, a su pesar, pasaba a ocupar el preferente lugar de la derecha del anfitrión y, a la izquierda, el Obispo.


En la misa de los domingos sucedía otro tanto. A él le gustaba sentarse a las espaldas de Isabella. Pero el Obispo, conocido por su excesivo rigor en materia de liturgias, ponía tanto esmero y comedimiento en la atención del ángel que rara vez lo dejaba en libertad de elegir ese sitio. En cambio, lo arrastraba hacia el altar en donde siempre le tenía reservado un sillón tapizado en colorado como la sangre de Jesús, ornado en oro, a la derecha del Crucificado. Por lo demás, disponía de cuatro acólitos para que le sostuvieran las alas durante la misa. Desde allí, Juan Feliciano no le sacaba la vista de encima a su custodiada.


El Obispo pensaba que si la misión de Juan Feliciano era la custodia de Isabella, daba lo mismo que la cumpliera por su anverso, o por su reverso. Y que eso de los serafines y querubines en la espalda, como si fueran suplementos o propinas de la carne, era un artificio de pintores. Bien podía un ángel vivir posado en la cabeza de su custodiado o escondido en sus bolsillos, o adentro de un zapato.


En una de esas misas el Obispo cumplió con una tentación que tenía desde hacía tiempo: ofrecerle a Juan Feliciano la hostia consagrada. Que un ángel debiera o no tomar la comunión era una duda dogmática que no le habían podido quitar ni los libros sagrados, ni la tradición de los Padres de la Iglesia. Pero cuando extendió su mano para que Juan Feliciano abriera la boca y comiera el cuerpo de Cristo, desde el púlpito se escuchó la voz de Isabella que le decía enfáticamente: “¡No corresponde! Sé lo suficiente de liturgia porque ya he tomado la Primera Comunión”, y fue esto lo que hizo dudar y al final desistir al Obispo de su intento.


Todas las noches Isabella le rezaba a su custodio: “Ven siempre a mi lado, tu mano en la mía. ¡Ángel de la guarda, dulce compañía!”; “Las horas que pasan, las horas del día, si tú estás conmigo, serán de alegría” y otras oraciones bonitas por el estilo. Luego se dormían. Isabella en su cama a la polonesa de brocados rosa que había pertenecido a su madre y el ángel en la soberbia cama que dispusieron para él las abuelas, y que había pertenecido a José Manuel antes de casarse con Adelaida María, pero que él usaba sin los doseles porque no quería perder de vista a la niña ni de día, ni de noche, aunque para ello tuviera que dormir con un solo ojo. Por las mañanas Isabella se daba un baño en la tina. En cambio, la higiene de Juan Feliciano no era un rito diario y requería de la concurrencia de dos o tres servidores, más un secado especial para las alas. En más de una ocasión le habían preguntado los servidores cómo se secaban las alas de los ángeles en el lugar de donde él venía, pero no les había respondido, porque no hablaba y el único interés que demostraba era el cuidado amoroso y permanente de Isabella. Luego del baño, ella desayunaba acompañada por él y por Josefa. Después, asistía a las clases de piano y violín que un profesor le impartía en la sala de música. Isabella no solo era una niña precoz, sino también talentosa en muchos sentidos y ejecutaba los instrumentos con una gracia y maestría que emocionaban hasta las lágrimas a sus abuelas. Mirándola tocar ahora el piano, enseguida el violín, con el ángel parado a sus espaldas, las alas blancas casi refulgentes desplegadas en ciento ochenta grados, sentían que vivían un anticipo del Paraíso. Ni qué hablar cuando un día Isabella les dijo: “Juan Feliciano quiere un arpa” y al instante cumplieron el deseo haciendo traer la mejor que se pudo encontrar. Entonces él comenzó a ejecutar con el arpa unas melodías celestiales cuyos ecos se escuchaban a cientos de leguas a la redonda.


Isabella, única nieta, sobrina y prima mujer en una familia dominada por varones, era consentida en todos los aspectos; especialmente, por sus abuelas que pensaban que el propio Señor así lo había querido pues por algo le había mandado al ángel de la guarda. La voluntad del Señor no podía ser puesta en dudas, porque su propio enviado la mimaba hasta el desconcierto. Sin embargo, a pesar de los favoritismos, Isabella era educada con disciplina y aprendía con docilidad.


En la pubertad, cuando su temperamento se volvió más travieso y las abuelas le concedieron algo más de libertad para practicar actividades al aire libre, Isabella adoptó ciertas costumbres desconsideradas hacia Juan Feliciano que le dificultaban en buena medida su misión. Durante los otoños e inviernos, en el solar de los abuelos paternos, las clases de música eran seguidas de un paseo por las arboledas y allí nada dejaba de asombrar a la niña: quetzales de pecho colorado como la sangre y abrigo de plumas verdes como las esmeraldas, arasaris de cara naranja y sombrero marrón, trogones de colas rayadas y bufandas blancas, guacamayas tricolores y tantos otros. Nada la ilusionaba más que correrlos con la esperanza de atrapar alguno para llevárselo de regalo a sus abuelas. Sin embargo, esas corridas anhelantes, zigzagueantes, entre los árboles y en todas direcciones, ponían en aprietos al ángel, porque sus piernas cortitas no le permitían mantener a la ágil niña a su alcance y, además, sus alas se desplegaban involuntariamente a todo lo ancho de modo que no pocas veces embestían contra los rugosos troncos de los árboles perdiendo en ello grandes cantidades de plumas. En algunas ocasiones caía y sus rodillas se magullaban. En una oportunidad en que sus alas estremecieron fuertemente un árbol, hasta se le cayó un nido repleto de huevos en su cabeza. Y por la misma razón también, hasta experimentó el ataque de unas abejas que en su panal habían sido importunadas por sus alas. Sin embargo, Juan Feliciano no abandonaba las espaldas de Isabella.


En las temporadas de primavera y verano, cuando el calor comenzaba a apretar y la familia en pleno se trasladaba al solar de los Bárcena en los llanos, las actividades eran otras. Isabella corría todo el tiempo detrás de sus primos varones, lo que obligaba al ángel a redoblar sus esfuerzos. Por las mañanas los primos se daban un baño en el río que, aunque suave y cristalino, no estaba libre de corridas y remolinos. Isabella braceaba y se zambullía en busca de pececitos de colores y el ángel, siempre a sus espaldas, braceaba y se zambullía con ella. Claro que cuando se sentían los gritos de Josefa llamando al almuerzo, todos salían disparando livianos mientras a Juan Feliciano le costaba esfuerzos desmedidos emerger del agua con sus alas empapadas, pesadas como sacos de piedras, y correr tras los jóvenes con el añadido de barro que se formaba en ellas a su paso.


En la siesta después del almuerzo, por el peligro de una insolación, los jóvenes tenían prohibido salir de la casa. Pero a media tarde, cuando el sol comenzaba a bajar, los peones traían los caballos ensillados y enjaezados, y todos se disponían a partir en cabalgatas al paso o a la carrera y, entre ellos, se colaba Isabella. La primera vez que el ángel intentó subir al caballo que le habían asignado los peones ‒un percherón llamado Babieca, manso, enorme, negro e increíblemente crinado‒, ayudado por cuatro de ellos aplicados al ascenso de las alas solamente ‒porque Juan Feliciano, ya crecido y del tamaño de Isabella para ese entonces, disponía para su cuerpo de un banquito en el que sustentarse‒, resultó que Babieca vio por el rabillo del ojo el pomposo aleteo blanco y se asustó de tal modo que se desbocó, arrojando al pretenso jinete primero al aire y finalmente al suelo. Juan Feliciano cayó de espaldas, sus alas se estropearon e Isabella se desbordó en llanto. Creía que era “Ella”, su mamá, quien le había mandado al ángel para cuidarla, pero esas alas descomunales terminaban por estropear los juegos y ya empezaba a sentirse culpable la mayoría del el tiempo.


En esa oportunidad ella desistió de la cabalgata, pero le advirtió a su amigo que la próxima vez debería optar entre renunciar a su custodia o dejarse recortar sus desproporcionadas alas. Como a él jamás se le hubiera cruzado por la cabeza renunciar a su misión y menos aún cercenar lo más distintivo de su ser, las veces siguientes optó por hacerse atar las alas y luego enrollarlas con cuidado en una bolsa de arpillera. Y así galopaba tras la niña por las verdes tardes de los llanos.


A pesar de que Isabella era casi como un varón más y no desdeñaba aventura alguna, jamás sufrió tropiezos, caídas o accidentes y eso debido a la presencia constante, aunque no incansable de su custodio, según lo sostenían las abuelas sin sospechar siquiera que el sino de la niña y, por lo tanto, de la familia, pudiera teñirse de negro. Por eso, cuando los quince años de Isabella trajeron consigo la ocasión de que recibiera al Espíritu Santo a través del Sacramento de la Confirmación y las abuelas dispusieron el cese de esos esparcimientos al aire libre para que la nieta se aplicara al estudio del catecismo, Juan Feliciano se sintió aliviado.


Todos se abocaron a los preparativos de la fiesta. Los abuelos convocaron a la peonada y les repartieron tareas: seleccionar y engordar los mejores vacunos, cerdos y pollos, podar árboles, cortar pastos, purificar el agua del estanque y llenarlo de peces de colores, atrapar las más bonitas y mejores aves cantoras para llenar las jaulas, reemplazar tejas rotas, rasquetear y pintar las paredes del casco, levantar alambrados caídos, lijar tranqueras, tusar caballos, lustrar monturas y decenas de tareas más.


Las abuelas convocaron al mercader y le compraron las mejores de las telas, no solo para el soberbio vestido de Isabella que tenían en mente, sino también para el traje previsto para Juan Feliciano, para los de los varones de ambas ramas de la familia, para sus propios vestidos y también para los uniformes de las decenas de sirvientes. Cinco costureras fueron traídas a la hacienda para dedicarse a la confección de todos esos atuendos.


Dos mulatas también fueron llamadas para que se dedicaran exclusivamente a la fabricación de cientos de velas con las que las abuelas se proponían iluminar los salones y jardines. Las sirvientas fueron puestas con tiempo a bruñir lámparas, picaportes, bandejas, cubiertos y vajillas.


Febriles pasaron los días hasta que llegó la gran ocasión: todos estaban exultantes esa mañana, salvo Juan Feliciano que parecía sumido en un estado de desasosiego que nadie acertaba a comprender. Inquieto, receloso, mirando en todas direcciones, con la boca seca y pastosa, tomando agua sin cesar.


Empezando por el Obispo y continuando por los más de ciento cincuenta invitados, todos comenzaron a llegar hasta la capilla erigida en la hacienda en honor a la Virgen. Cuando el último de los invitados entró, se arrodilló mirando el altar y fue a ubicarse en el único asiento vacío que quedaba en la primera fila y que había sido reservado para él, que acababa de llegar de un largo viaje, comenzó la ceremonia.


Al instante, apareció Isabella seguida de Juan Feliciano. Esa imagen de la niña ingresando hacia el altar por la senda de pétalos de rosas color té, ataviada con el más esplendoroso vestido que se haya visto nunca, hecho de sedas del oriente con flores y pájaros bordados en hilos de plata, sobre unas enaguas de organza que le daban al vestido suaves movimientos como si se tratara de nubes meciéndose al compás de las arpas en las que diestros dedos ejecutaban el Ave María, seguida ella por su ángel custodio, etéreo, cubierto en su traje blanco, enmarcados ambos por las alas que parecían prender y apagar luces de estrellas… esa imagen, quedaría grabada por siempre en la retina de los presentes, en la de sus hijos y en la de los hijos de los hijos.


Tan maravillosa fue la fiesta que hubo luego, como desgarrador su final. Y es que después del Sacramento y la cena, los regalos y los cantos, los besos y la emoción de los llantos, Isabella se dedicó a corretear a sus primos por los salones de la casa y Juan Feliciano a seguirla sin aire. Y esto fue así hasta que el vestido de Isabella rozó un candelabro que cayó con estrépito y algunas chispas de las velas encendidas volaron hacia su vestido. En segundos, las chispas se hicieron fuego en ella.


Frente al horror, y los gritos y aullidos de los Velázquez de Cobreces y Bárcena, Isabella salió despavorida de la casa y comenzó a correr con tal velocidad por entre los árboles que Juan Feliciano no pudo alcanzarla a tiempo, y aunque después llegó y la cubrió con sus alas para que fuera a él a quien devorara el fuego, no pudo impedir que ella se esfumara para siempre.


No pudo, no pudo.


Lis Claverie

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