LA TRISTE HISTORIA DE VLADIMIR Y ALEXEI


Por tercer día consecutivo hay paro de subtes en la ciudad de Buenos Aires y Vladimir ha debido tomar un taxi para llegar a su puesto de trabajo en una empresa multinacional de informática en la que se desempeña como ingeniero en sistemas. “¡Cómo duele pagar sesenta pesos para viajar desde Palermo hasta el microcentro porteño!”, piensa. Su salario todavía no es óptimo y apartarse del estricto régimen de gastos trae sus consecuencias.


El edificio de la empresa, uno de los pocos erigidos al más puro estilo conceptualista en la gran orbe, está ubicado en el corazón del sector administrativo que, atiborrado de oficinas comerciales, bancos y reparticiones públicas, no cuenta con una población estable, pero recibe todas las mañanas a miles de bonaerenses y los despide por la tarde cuando terminan la jornada laboral.


Acostumbrados a las carreras de obstáculos, los taxistas manejan notablemente bien en Buenos Aires, pero en horarios “pico”, el tráfico se congestiona sin piedad, los humores se exasperan y todos se convierten en remitentes y destinatarios de los insultos más soeces. Seis meses han pasado desde que Vladimir llegó desde Ekaterimburgo y no logra acostumbrarse a la cólera de los conductores; le provocan una impotencia aguda y luego unas graves ganas de llorar.


Y está Vladimir sentado en el asiento de atrás del taxi viajando a su trabajo con ganas de llorar. No lo hará, porque se cree un hombre equilibrado y compuesto; lo suyo es, nomás, una sensación. Y está también escuchando los discursos del conductor que, inflamados y con visos de arenga, son como los de todos los taxistas, un uso y costumbre que a él no le molesta por completo. La gente allí opina sin cesar y no hay materia que no dejen de tocar.


Por fin logra llegar a las oficinas, levanta la vista hasta el tope del rascacielos y entra a cumplir con su jornada.


Era una mañana agradable en el barrio tranquilo donde vivías Alexei. Agradable para ti significaba un sol cálido apenas perceptible, veintiún grados centígrados y ni un soplo de viento. La ausencia de una sola de esas condiciones parecía bastar para inquietarte. Igual, bajo cualquier circunstancia, habrías salido a caminar el doble de la distancia recomendada por tu médico. Ochenta, noventa y hasta cien cuadras a la redonda habrías hecho en una sola manzana elegida al azar de entre las cuatro que rodean la plaza, o cuadras lineales del verde boulevard enmarcado por hileras de palacetes y casonas con toques de art nouveau, porque tú sentías que esas extenuantes marchas te bajaban la incómoda agitación con la que solías amanecer.


Buenos Aires, la orbe más europeizada de América pero con el calor que sólo dan las mixturas de razas, sangres, prosapias y raleas, es una ciudad de perros; de perros como depósito de amor, de perros por esnobismo, de perros por soledad. Tú, Alexei, en cambio, eras un hombre de gatos, porque en tu infancia habías podido comprobar lo violentos que pueden llegar a ser estos felinos en determinadas situaciones. Tú amabas a tu gato, al que habías llamado “Rasputín” en honor al monje aquel que enloqueció a la última de las zarinas de tu tierra.


La presencia de tu negro Rasputín en el condominio había sido tema de agria discusión con tu vecina, esa señora mayor que vivía sola igual que tú y que se decía amante de los animales. Sin embargo los odiaba, según habías creído percibirlo. Desde esa disputa, en la que abusaste de tu áspero e incomprensible ruso y le soltaste lo que te vino en gana, la tenías entre ojos. La espiabas y controlabas día a día. Sospechabas que pudiera envenenar a tu Rasputín. Más allá de esta cuestión puntual y odiosa de tu vecina, ella ostentaba otros rasgos que te resultaban desagradables: no se concentraba en un único pensamiento durante el tiempo suficiente, razonaba sin claridad y le faltaba lógica en muchos sentidos, de modo que sus ideas se traducían en fragmentos desorganizados y discontinuos que hacían cansadoras las conversaciones con ella.


Este asunto con la vecina, a su vez, lo habías discutido con tu psiquiatra. En él tampoco confiabas, aunque tú seguirías asistiendo a la consulta dos o tres veces por semana sólo porque querías confirmar las sospechas que cobijabas en su contra y además beneficiarte de las recetas de remedios que consumías a diario y te hacían sentir tan bien.



Ingresa Vladimir a la oficina e intercambia bromas con sus compañeros pues todos han debido sufrir peripecias hasta llegar al trabajo ese día de paro de subtes. Son cinco los ingenieros en sistemas, incluido Vladimir, que trabajan allí: dos porteños, un polaco y una joven de provincia. Vladimir ocupa el puesto más bajo del escalafón, aunque tiene aspiraciones de ascenso puesto que es persona de inteligencia aguda y este es un dato que ya comienza a ser reconocido por compañeros y jefes.


El clima de trabajo es afable y no se siente mal allí, por eso no le pesan tantas horas diarias de encierro; llegar cansado por las tardes a su casa y disponer de tan escaso tiempo para ir al cine ‒a ver sólo películas habladas en francés, ya que aún no le sigue el hilo al castellano corrido si no puede mirar directo a los labios de quien lo habla y, con suerte, alguna en ruso‒, o a una biblioteca en la que se pierde por horas leyendo lomos y contratapas de libros. También le basta con hacerse de un par de horas libres en las que pueda estirar las piernas por la mañana e ir algunos días al fisioterapeuta que lo trata por una dolencia en la columna. En el trabajo saben de ese padecimiento y su rutina y por eso le han cedido el mejor de los sillones giratorios.


Vladimir no habla de más, tampoco de menos. Sus opiniones son acertadas, es culto y de modales pulidos. A menudo hace referencia a su familia, que ha quedado en la cordillera de los Urales, muy cerca de Ekaterimburgo, evidenciando amor filial sin proponérselo. Nada cuenta de la actualidad rusa ni, más atrás en el tiempo, de la Revolución; sí habla de Pedro el Grande, del Emperador Nicolás II, de Aleksandra Fiódorovna, de las Duquesas y del Zarévich, con un discurso que suena añejo aunque dorado e hipnótico.


María Griselda es la compañera provinciana y siente afinidad hacia ella. Es alta, con una figura perfecta, aunque no delgada. No se maquilla; tampoco usa polleras cortas ni ropa ajustada. En este sentido, es bien distinta a muchas argentinas, llamativas y vanidosas. Él la ve muy natural en su piel blanca y ojos aceitunados. En especial, le agradan sus manos magras de dedos largos, sin manchas, ni arrugas, a tal punto que ni siquiera se le distinguen los nudillos. Nunca ha visto manos como esas. Su cabello sí que es el de una típica argentina, oscuro, suelto, abundante. Le ondula y oculta la espalda hasta la cintura.




Tú te acordabas Alexei de toda esta cuestión con la vecina y con tu médico, mientras hacías la caminata frenética con tu gato en brazos. Vivías en un barrio tranquilo, pero sentías que la ciudad era insegura y por eso siempre caminabas mirando en todas direcciones, deteniéndote a mirar si alguien te seguía desde atrás y cruzándote de vereda o cambiando el sentido de tu marcha cuando presentías algo extraño emanando de los rostros de las personas o de su manera de andar.


Ese día, cuando diste vuelta la esquina por la que tomarías la calle que te llevaría a la plaza en la que siempre elegías un banco y te sentabas a descansar y pensar por espacio de diez minutos, ni uno más, ni uno menos, un gato negro como el tuyo, aunque muy gordo y con unos ojos de una transparencia aterradora, apareció de la nada, te arrebató a Rasputín, lo enredó en el piso en una pelea feroz y presenciaste cómo le arrancaba un ojo que volaba hasta la vereda del frente.


Y tú enloqueciste. Te abalanzaste sobre el gato agresor con intención de matarlo con tus propias manos y no paraste hasta lograrlo. Acostado en el piso, boca arriba, quedaste extenuado después de tu venganza. Sin embargo, giraste la cabeza y viste que Rasputín te miraba con sus dos ojos. Al mismo tiempo, un recogedor de basura te ayudó a incorporarte y te preguntó con total desconcierto por qué habías actuado de ese modo con la bolsa negra de basura, ahora desparramada por todas partes. Y nada contestaste; sólo miraste vacuamente a los ojos de ese hombre. Luego se acercó una señora a ofrecerte su ayuda. Dirigiste entonces tu mirada hacia ella y la escuchaste hablar. No entendiste qué te dijo, concentrado como estabas en el tono de su voz. “¡Usted odia a mi gato y se propone envenenarlo!”, le espetaste con los ojos fulgurantes de iracundia. La señora echó la cabeza hacia atrás y tuvo un instante de extrañeza; luego, te gritó: “¡Cállese hombre! ¡Usted está loco!”, y se retiró. También el recogedor de basuras se fue en silencio.


Al momento, entendiste que el gato negro era una bolsa de basura, que tu Rasputín conservaba los dos ojos y que habías confundido a la señora que recurrió en ayuda con tu odiosa vecina, pero no podías detenerte en este asunto. Debías cumplir con tu rutina de sentarte los diez minutos en el banco de la plaza si no querías llegar tarde al lugar donde tenías obligaciones por cumplir. Después, cuando fueras a la consulta, te tomarías el tiempo necesario y analizarías lo sucedido.


Vladimir detiene cada tanto su trabajo en la computadora y mira ensimismado a María Griselda que desde su sitio le devuelve las miradas con una timidez que no intenta disimular. Está lejos de sentir amor por ella, al menos todavía, pero le gusta mucho. Por eso, fiel a las costumbres rusas, la agasaja con pequeños presentes: bombones y dulces para que acompañe su mate, esa bebida que a él disgusta porque no la comprende. También le ha regalado en una ocasión un llamativo pañuelo tradicional ruso, un souvenir que su largo cuello reclama, según le ha dicho. Y en otras varias, ramos de flores, siempre en número impar.


María Griselda, en cambio, sí comienza a enamorarse de él. Le ve una apostura irresistible, con su pelo corto, sus ojos intensos de un azul agudo, su rostro cuadrado que no mezquina evidencias de masculinidad: mandíbulas marcadas y arcos superciliares prominentes como si fueran músculos. Imagina que harían una pareja compatible puesto que es bastante más alto que ella y eso es demasiada suerte. Mientras ahora es ella quien lo mira sin que él lo advierta, vuelto a concentrar como lo está en su pantalla, María Griselda ensueña y se le levantan las comisuras de los labios hacia arriba: “Qué lindo sería llevarlo a la provincia y presentarlo a la familia como mi novio. Un ruso en el interior, profesional, inteligente y apuesto sería tan excéntrico”, piensa.


Es espontánea María Griselda y no se impone bordes a la hora de decir lo que piensa pues, como todo lo expresa en un suave y ambiguo tono que oscila entre la gravedad y la ligereza, sus dichos le dejan margen para cambiar la intención de lo que expresa cuando percibe que no le ha caído en gracia a su interlocutor. Por eso, ya finalizando la jornada, de la nada misma se anima a apuntar: “Claro que hay un obstáculo bastante difícil de sortear en una relación amorosa entre nosotros y mucho más si llegáramos a casarnos algún día, puesto que yo enloquezco por las mascotas; en cambio tú nos las quieres, ¿no es cierto?”.


Vladimir la mira con ternura, le envuelve la mejilla con la palma de su mano y le dice que no soporta a las mascotas, es cierto, aunque por amor estaría dispuesto a quererlas. “Es dulce”, piensa ella. A continuación, él le hace una salvedad en tono de fingida circunspección: nunca podría llegar a enamorarse de una mujer con labilidad para perder el juicio y enloquecer por un animal. A él le gustan las mujeres juiciosas, porque él mismo es juicioso, sensato y hombre de mucha lógica. Luego le pregunta entre carcajadas: “¿Quieres que te dé un beso ruso?”. Ella sabe que esos besos son aires de picardía criolla que él ha sabido aspirar en poco tiempo pues, por costumbre, los rusos no se besan. Cómplice, le contesta que sí, que sí, que ¿cómo desdeñar un beso de los suyos? Entonces él se levanta y le graba, como otras veces, sus tibios y mullidos labios en la frente. “Hasta mañana mujer hermosa”, se despide.


Tú Alexei, tomaste el último turno del día para tu consulta médica. Después de cumplir tus obligaciones apenas tuviste tiempo de darte una ducha y preparar la comida de Rasputín, a quien dejaste encerrado en la casa pues, si escapaba, podría caer en manos de la vecina y resultar envenenado.


Llegaste sobre la hora al consultorio; de igual modo, tuviste que esperar. La secretaria estaba concentrada en la agenda del médico y en el teléfono que no paraba de sonar y tú la mirabas molesto mientras no podías evitar zapatear el piso, morderte los labios, hacer ruidos de tamboriles con tus dedos nerviosos, hasta que te sentiste escuchado por ella y entonces ya no dejaste de hablarle y en ese monólogo le contaste cómo te venías sintiendo los últimos días. Te dabas clara cuenta de que te faltaba motivación e iniciativa, que no tenías amigos, que aunque lo disimulabas bien, tu trabajo no lograba sacarte de la apatía. Le contaste que había una mujer que te agradaba, pero no demasiado y que tenías la sensación de que nunca llegarías a enamorarte y a formar una familia. Hablabas, Alexei, en un tono tan monocorde que los lirios del florero parecían bostezar y la secretaria a punto de saltar de su silla para salir corriendo a buscar en las escaleras, en la vereda, en las calles, la expresividad perdida en el trayecto. Tu cara congelada sólo salió de su embotamiento cuando escuchaste el “¡Alexei!” con que el médico te llamó a su consultorio.


Una vez adentro, sentado en la silla frente al doctor Olivier, repetiste con la misma monotonía lo dicho a la secretaria. También, con tino, le contaste el raro suceso de la mañana, aunque dabas por sentado que el doctor Olivier te explicaría que se trataban de alucinaciones propias de tu enfermedad como tantas veces ya lo había hecho. Sin embargo, tú nunca estabas seguro de las verdaderas intenciones de tu médico.


El doctor Olivier interrumpió tu relato y te dijo que consideraba necesario, dado el agravamiento de tu esquizofrenia, que tendieras un puente con algún familiar en Rusia que tuviera autoridad y lo autorizara a disponer sobre tu libertad ambulatoria y una eventual internación psiquiátrica temporaria, sólo temporaria, te aclaró. Todo te lo dijo y explicó con calma. Sin embargo, tuvo contundencia al advertirte que de no proceder de acuerdo a sus recomendaciones, se vería obligado a renunciar como médico tratante y a poner sobre aviso a las autoridades sanitarias.


Habías tenido durante ese tiempo una mirada apática Alexei, hasta el preciso instante en que el médico mencionó tu familia en Rusia. Esa sola alusión te disparó un delirio que corrió al médico de la preocupación y lo puso en estado de alarma. Y entonces comenzaste a increparlo y a gritarle que llamar a tus padres, como él pretendía que lo hicieras, significaba tenderte una trampa de la que saldrías muerto. “¡Muerto! ¡Muerto!”, vociferabas, lo que él no podía en modo alguno desconocer pues sabía que ellos habían dedicado su vida entera a espiarte, a controlar tu conducta con ondas magnéticas, a mandarte mensajes cifrados por medio de la televisión y, por si esto no fuera bastante, cuando naciste te habían colocado un chip en el cuello por medio del cual te escuchaban y hasta leían tus pensamientos a la distancia.


El doctor Olivier negó con profesionalismo cada una de tus afirmaciones delirantes hasta que logró situarte en la realidad y bajarte la ansiedad. Luego te extendió una receta en la que duplicó la dosis de medicación y te despidió recordándote con énfasis que por nada del mundo debías tomar alcohol.


Aunque no llegaste a saberlo, cuando cerraste la puerta y te fuiste, el doctor Olivier tomó tu historia clínica, la anexó a una solicitud dirigida a las autoridades sanitarias, la firmó, la selló y la dejó asegurada en su escritorio bajo un pisapapeles.



El paro de subtes se ha levantado, así es que la llegada de los compañeros a la oficina es puntual y un poco más sosegada. Vladimir coincide en el ascensor con María Griselda. Está muy bonita en un vestido colorado, con el pañuelo ruso que él le regaló anudado al cuello, pero parece no notarlo. Que Vladimir no advierta que usa ese pañuelo por primera vez le produce un fugaz desánimo, ya que ella ha tenido el propósito de darle con él ese tipo de señales sutiles de que se sirven algunas mujeres cuando esperan una declaración de amor.


Ella siente que su amor por él va en aumento, aunque comienza a dudar de que su sentimiento le sea correspondido en alguna medida. La mira con una aguda dulzura muchas veces, la obsequia con detalles y la privilegia con sus fuertes y simpáticos besos rusos que tanto le erizan la piel. Sin embargo, no alcanza a percibir actitudes en Vladimir destinadas a hacer avanzar esa relación en alguna dirección concreta. En una oportunidad, ella había tomado la iniciativa invitándolo al cine y, en otra, a compartir el almuerzo. En ambas, aunque con especial delicadeza, él se había excusado.


Pero María Griselda es una joven de veintisiete años, fresca, que no hace un mundo de pequeñas cuestiones. Además es del interior y eso marca una diferencia con relación a las jóvenes de esa gran capital: es más inexperta a la hora de traducir señales.


La rutina de trabajo se cumple ese día como los demás, cada ingeniero en su computadora absorbido por el ciberespacio, aunque no al extremo de eludir conversaciones sobre temas livianos. Todos cuentan alguna anécdota de su vida pasada o sueños para el futuro; en especial lo hace María Griselda, recordando vivencias que puedan tornarla deseable a los ojos de Vladimir. No obstante, por alguna razón que desconoce, él está taciturno, cansado y no la escucha.


A última hora ingresa en la oficina el jefe de la filial y anuncia que el directorio ha decidido cubrir la vacancia dejada por el anterior jefe de departamento y que la elección ha recaído en… ¡María Griselda! Ella enmudece de la emoción, se tapa la boca, comienza a llorar y no logra contener los raudales de lágrimas. Los ingenieros aplauden, la abrazan y festejan.


El jefe, también contagiado de emoción, se retira. María Griselda tarda unos minutos en dejar de temblar cuando se da cuenta de que Vladimir no se ha movido de su lugar, ni ha festejado con ellos. Por el contrario, está congelado en su silla, con el rostro petrificado en una expresión también gélida, inmóvil, salvo por el dedo índice de su mano derecha con la que golpea la mesa una y otra vez.


María Griselda lo mira extrañada. Siente una leve pero muy desagradable impresión de lo que ahora está viendo de él, un hombre a quien no conoce, un volcán ronroneando y a punto de estallar… Un escalofrío letal por la espalda…


Vladimir se levanta de un salto, se planta ante ella, desde sus ojos le lanza rayos de odio y le dice: “¡Zorra!”, antes de dar un portazo y salir.



Volviste muy tarde a tu casa después de la consulta con el doctor Olivier. En el camino hiciste una parada en la farmacia. Compraste la medicación que te había recetado y que debías comenzar a tomar esa misma noche. “La dosis debe ser alta”, pensaste cuando la farmacéutica te miró con insistencia, te hizo llenar formularios y firmar papeles por triplicado.


En el tramo siguiente del trayecto a tu casa, terminaste de recomponerte. Te sentías con cordura. “¿Cuánto habrá de durarme hasta que se desate otro episodio?”, te preguntabas. Comprendías que estabas enfermo, que algo en ti te empujaba a pensar cosas delirantes o te ordenaba cometer actos espantosos sin que pudieras oponerte. Tus sentidos estaban aplicados pensar cómo remediar las situaciones en las que te veías involucrado por esa enfermedad que día a día se agravaba. Barajaste varias posibilidades y te decidiste por la más esperanzadora: el suicidio. Te quitarías la vida en cuanto llegaras a casa tomando el contenido completo de las cajas de pastillas sobrantes acumuladas a lo largo de tantos años de sufrimiento, más las que acababas de comprar, más vodka, más un corte en las venas por el que tendría que escapar tu sangre después de perdida la conciencia.


Pero cuando llegaste y abriste la puerta encontraste a Rasputín sobre el sillón, muerto. En milésimas de segundo volviste a invadir la mente de Vladimir y la sepultaste en las profundidades de tu ser. La bestia que tenías adentro no le dio tiempo para hacerte razonar que Rasputín era viejo y estaba enfermo, que su muerte había sido natural, que la buena vecina no lo había envenenado.


Desplazaste a Vladimir y lograste hacerte de las riendas de la situación. ¡Riendas! ¿Qué riendas? Si era Vladimir Alexei, tu otro yo, tu él, el que siempre pretendía tener el mando de tu vida y lograba subyugarte. Tu él continente y tu yo contenido, reducido rebajado, dopado. Tu él, el amo, el sabio, la razón. Tu yo, el siervo, la bestia, el delirante. “Sólo chalecos para mí, bozales, candados, rejas, muros, barreras. ¡Yo, yo el oculto, el escondido, el secreto, el oscuro, el silenciado!”, decías. La insoportable y eterna historia del vigilante y el vigilado, tu él la llave, tu yo el candado, el diablo en el cepo, el diablo arrastrando un grillete. El conejillo de Indias allá en el Centro de los hombres de blanco, “¿O de eso no te acuerdas Vladimir?”, preguntabas. Cables, enchufes, voltios, mordazas para que no te tragaras tu propia lengua, los pelos del pecho chamuscados. “Sádicos protervos, hubiera sido mejor que dejaran al doctor Gólubei sacarme el lóbulo frontal con un cuchillo pero Vova y Masha dijeron, sólo dijeron, que tuvieron miedo. ¡Miedo de perderte a ti Vladimir, mi otro, sin importar si yo el verdadero quedaba por siempre condenado a vivir los suplicios de un monstruo!”, gritabas. “Estás delirando Alexei, tú eres yo y yo soy tú… no somos dos, somos uno, déjame salir. Puedo ver que estás pintando una fantasía de cómo ha ingresado la vecina aquí y matado a Rasputín y puedo ver tu pesadilla de personajes superpuestos en la que a la vecina le estás poniendo el cuerpo y el rostro de María Griselda y estás sintiendo que es ella la asesina de Rasputín”, clamaba Vladimir. “¡Tú, cállate tú, el experto que todo lo sabes… el que me trajo obligado al fin del mundo cuando en la oscuridad de la noche aquella me viste hacer bailar la hoja del finka de Zlatoust en el cuello de Masha!”, vociferabas. Y te proponías matar a tu madre Alexei y a tu padre Vova también y hasta tenías la fantasía de descarnarlos con el mismo finka, despacio, muy despacio, hasta los huesos, porque así de repente se te figuraban lobos de luna y querías asegurarte de no escuchar nunca más sus aullidos aterradores. Luego te paraste frente al espejo a mirarte. Te proponías seguir discutiendo con Vladimir otros asuntos antes de llorar la muerte de Rasputín, pero ni ese propósito aberrado hubiera tenido sentido, pues ya se había construido un engrama inapelable de dos mujeres en una y no sólo no podías entender que Vladimir y tú eran una sola persona, sino que te sentías preparado para exterminarlo por fin y así, frente al espejo, desataste una última discusión bestial entre tú y él, él y tú, en la que tu paroxismo sólo dejaba espacio para que Vladimir vomitara de asco ante tu visión, que era él.


Después, extenuado, te acostaste en el sillón con Rasputín muerto en tus brazos y bebiste el vodka de una botella, y no dejaste de llorar hasta la alborada. Del firme propósito que tu yo juicioso se había hecho de quitarse-quitarte la vida no te hiciste cargo y menos aún de tomar las pastillas de las cuales hubiera dependido el retorno de tu menguado juicio. No serías tú el que se encargaría de reanimar a Vladimir a quien ya lo dabas por poseído.


Y es Vladimir quien despierta abotagado a la mañana mientras Alexei duerme en su interior. Es Vladimir quien va a trabajar; quien se cruza con María Griselda en el ascensor; quien escucha las voces de los compañeros que no puede entender; es Vladimir quien sufre las consecuencias de la peligrosa abstinencia de la medicación y de la bomba de tiempo que implica el exceso de alcohol ingerido. Y es Vladimir quien sufre el ascenso de María Griselda como una traición pergeñada en su contra y ahora sospecha que Alexei puede tener razón: ella es la responsable del destino de Rasputín. Te impusiste Alexei.

Dando un portazo sale de la oficina cuando la jornada de trabajo termina. La psicosis se desata, espera la salida de María Griselda parado en la vereda opuesta y cuando su figura aparece en el juego de los cristales de la enorme puerta giratoria, avanza hacia ella y dispara… dispara, una y otra vez.


Lis Claverie







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