MI HIJO, EL OLICARGA

No puedo decir que la determinación de mi hijo de dedicarse al campo haya sido difícil de asumir, en su momento. Podría pensarse que sí, en atención al hecho que yo me había movido toda la vida en el mundo intelectual, de los libros, el estudio, el pensamiento y las ideas y ahora, este hijo mío, quería trabajar la tierra, con los “fierros” y entre el mugido de las vacas. Sin embargo, con el paso del tiempo, comenzó a hacerse cada vez más difícil para mí aceptar aquella decisión, al punto que en los últimos tiempos le sugiero, lo animo, intento seducirlo con la idea de que alquilemos el campo, que dejemos que lo trabajen otros y, mientras tanto, él se dedique al mundo de los negocios. Cuando hago esto, lo imagino sentado en el sillón mullido de una oficina fresca en verano y tibia en invierno, sin sufrir las inclemencias del tiempo, limpio y perfumado, con la piel lisa y no cuarteada por el sol y el viento. Me duele la vida de campo para mi hijo y puedo entender cuando mi suegra, hija de un productor agropecuario potente, gritaba: “¡Odiooo el campooo!” Estas realidades diarias que vivimos solo algunas madres, muchas otras ni siquiera las imaginan; este goteo de congojas, no más que eso, es cierto, pero tan constante, sin lugar para tomar aliento, solo para tragar desaliento, mientras amanece el suelo escarchado, o cae la nieve, o el sol raja la tierra y una, tibia o fresca, sabe que el hijo está allá afuera, peleando con la naturaleza y sus ciclos y caprichos, la lluvia que no llega, el fuego, las máquinas y sus malditas mañas, los precios internos y externos, los bancos, los políticos de turno y alguna parte de la sociedad que maneja el concepto y estúpido rótulo de “oligarquía ganadera” en virtud de lo cual mi hermoso retoño morocho, de uñas negras de grasa, de alpargatas que saben regresar con sus dedos al aire, de tierra incrustada entre los dientes, al punto que su boca parece un bizcochuelo marmolado, chorreando sudor por la frente o agua por la nariz, con sus inseparables gotas para el resfrío entre los dedos morados, se ha venido a transformar en una suerte de miembro de la nobleza castellana del siglo XV. Yo no quiero “m´hijo el dotor”, pero menos quiero a ese “mi hijo, el oligarca” que no existe, no existe, ¿me entienden? Y si lo piensan así… ¡me dejan sin hijo!

"Memorias de una extraña", fragmento, Lis Claverie.


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