MI NUERA MARY ROSE

Y allá va Mary Rose, la tonta de mi nuera, que estaba a minutos de convertirse en esposa de mi amado primogénito Billy Joe, si no fuera porque se le ocurrió esa exótica idea de posar para las fotos con el fondo de las Cataratas del Ángel; como si los jardines de la Oficina de Registros no fueran lo suficientemente bellos, o el entorno de la Iglesia Anglicana de San Bartolomé no fuera suficiente, o el parque del salón de fiestas de Rawden que le alquilamos no estuviera a la altura de sus caprichos. ¡Pero cómo no habría de escaparse de ese modo dejándonos plantados a todos como abedules, si siempre fue una de esas jovencitas que se dejan llevar por la corriente!


Desde pequeña fue insensata: bastaba que cualquiera de sus amigas hiciera una estupidez, para que a ella se le antojara emularla eligiendo de entre todas las estupideces posibles la mayor. ¡Qué vanidosa esta muchacha, yo no sé! Más que vanidosa, gansa, diría. ¡Sí, gansa como mi consuegra que jamás la puso en vereda! Si todas posaban con sus vestidos de novia en las cataratas, ¿por qué no lo haría ella con más razón que ninguna otra?, así razonaba la muy bobalicona. Y qué tristeza me da ver el vestido blanco yéndose con ella, hecho sopa, desgarrado en miles de jirones, al punto que desde aquí alcanzo a divisarle las bragas que le han quedado al descubierto. Fui yo la que compró metros y metros de ese encaje d'alencón y guipures. Yo, yo fui la que bordó durante meses las piedritas esas con las que la señorita se encaprichó. ¿Y las perlas y cristales que tanto me gustaban a mí? En cuestión de horas estarán sepultados en el lecho del río seguramente ‒pero no de este río, por cierto, con la fuerza que lleva el agua‒, o nadando por Hawai, o en el estómago de algún pez. No se les ocurra que voy a ser yo quien de aviso al juez, los testigos, el cura y los invitados de que la boda de mi hijo se aplaza hasta nuevo aviso, si es que acaso puede esperarse nuevo aviso. ¡Vaya una a saber si seré abuela alguna vez! ¡Santo Cielo! ¡Qué desgracia! ¿Y quién dará ahora las explicaciones? ¡Dios mío! ¡Qué bochorno! Por mí, hagan lo que les venga en gana, pero sería mejor que todavía no comuniquen nada a nadie y que les digan a todos que desde la Oficina de Registros se dirijan directamente al salón de fiestas, sin pasar por la iglesia, y que una vez allí vayan sentándose a las mesas y comiendo, porque la novia ha sufrido un pequeño percance. Y que también digan una mentirita piadosa: que la firma en el Registro y la boda religiosa se harán después de la fiesta, para que toda esa pobre gente coma y beba a sus anchas sin atragantarse. De lo contrario, ¿qué vamos a hacer con toda la comida y la bebida? Y más vale que saquen ya mismo de aquí al fotógrafo ese con cara de pasmado antes de que le dé su merecido por prestarse a los deseos de Mary Rose, la descocada. Y que no venga a decir que la sujetó con toda la fuerza de sus brazos, por las manos, porque si así hubiera sido su costoso equipo fotográfico hubiera corrido la misma suerte del vestido con todo lo que llevaba adentro, afuera y encima. Pero no, que va, el equipo está ahí, con él, sentado en una roca. Y qué pena me dan estos dos muchachos, oficiales de policía, desnudos y tiritando de frío porque tuvieron que quitarse los uniformes y arrojarse a la cascada para intentar rescatar a la buena señorita que se escapaba arremolinada como si estuviera jugando a nadar adentro de una licuadora. ¿Y para qué habrá mandado el sheriff un buzo táctico?, me pregunto yo. Habrá creído que el asunto trataba de una clase de snorkeling en las quietas aguas del lago, tal vez, pero bien que el buzo advirtió al instante que la cuestión se presentaba brava, porque la corriente le propinó tremenda paliza, pobre hombre, y ni qué decir de los revolcones contras las rocas que le arrancaron la escafandra, las patas de rana y todo el equipo que llevan en las espaldas y que ni sé cómo se llama. Y ahora dice el papamoscas del sheriff que el agua no corría violenta y que el lugar era seguro ‒como si yo, desde acá, no pudiera ver el sitio donde ella se encaramó para jugar a la modelito o a la princesa‒. ¿Acaso insinúa que el problema fue el peso propio de mi nuera que era gordita, más el peso del vestido, más el sobrepeso exponencial del agua que lo empapó? ¡Lo único que falta! ¡Que ahora la culpable sea yo por haberle confeccionado el vestido! ¿Velatorio? No vengan a fastidiarme con eso ahora, por favor, salvo que pretendan que del ataúd la levante a los bofetones. ¡Y por qué me miran así, ustedes, simplones!


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