NIÑO, INDIO Y MINERO

Y está Challco sepultado vivo, con su cuerpo ovillado y un cuenco improvisado con sus manos en el que ha atrapado y retenido un poco de aire sobre el segundo final, antes de la última palada de tierra que habrá de ocultar para siempre su rostro al sol, y todo porque quiere musitar una oración antes de partir.


Muere en su ley: en las entrañas de la tierra, porque es un niño indio, evangelizado y minero. Y en la ley de su patrón, porque debe morir el salvaje que encuentre una veta y no la denuncie. ¿Y en la de la Corona? ¡A quién le importa! No va a venir el rey, ni el virrey a ver qué hacen en el Nuevo Mundo con las leyes del Viejo.


Y musita Challco a la Virgen: “Que les sirva, Señora mía, todo el oro y la plata para tender un puente entre indios y blancos”.


No menciona Challco a los negros traídos del África, no los imagina en ese puente de sus sueños, quizás porque ya habían muerto o habrían de morir de todos modos, toditos. Soportaban bien los calores del infierno: allá abajo, al fondo de los oscuros socavones. Pero cuando salían a la superficie del seco y gélido frío del altiplano caían como mosquitos. No guarda rencor a los blancos tan afiebrados por el oro y la plata que no escatimaron esfuerzos —porque así se lo había contado su abuelo— para hacerles cantar a todos los de la aldea de dónde sacaban esas piedras y filigranas brillantes con las que adornaban sus templos, lanzándose luego como bestias feroces a robar hasta el último de sus ornamentos. Muere sin saber que ochenta y tres años antes de la llegada del blanco, el oro y la plata del “Sumaj Orcko” ya habían sido descubiertos por los vasallos mandados por el inca Huayna Cápac para sumar adornos al Templo del Sol.


Muere sin saber que es una mentira de los blancos que el inca y sus vasallos hayan abandonado aterrorizados el cerro cuando clavaron sus pedernales en los filones de plata y, tras un enorme estruendo, una voz quechua y cavernosa les haya dicho: "No es para ustedes. Dios ha reservado estas riquezas para los que vendrán de más allá". Muere sin saber que el inca y sus vasallos huyeron porque el Sumaj Orcko reventó de todo el oro y la plata que tenía en sus entrañas y que la prueba del reventón fue el mismo nombre con el que fue rebautizado en quechua: “Potojsi”. Está a punto de morir sin saber que ha sido el redescubridor del Sumaj Orcko – Potojsi, que ahora será llamado por los blancos el “Cerro Rico” y que representará, cuando de su cuerpo de niño solo queden los huesitos, la mayor de todas las riquezas del mundo colonial.


Él solo sabe que los encomenderos de la mina de plata de Porco se enteraron que en el Sumaj Orcko – Potojsi podía haber una buena veta de plata, que decidieron enviar a yanaconas huayradores a explorar, y que los mitayos elegidos fueron Diego Huallpa y él. Y que Diego Huallpa, para no resbalar, se agarró a una queñua, que la arrancó de raíz y que, cuando se sobrepuso, vieron destellos brillantes que opacaron el sol y enceguecieron sus ojos de tanta plata con la que estaban bañadas las raíces de la queñua. Y que ambos se juramentaron guardar el secreto, pero a los seis meses, Diego Huallpa, por miedo o por estar repleto de chicha o váyase a saber por qué, hizo público ese hallazgo contándole todo a su amo Juan de Villaroel. Y que a Diego Huallpa le perdonaron la vida, pero no a él, que acaba de recibir la última palada de tierra.


Lis Claverie

#Unlmaparados


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