¡RELATO GANADOR, EL ASCENSO!


Aquel día laboral fue el peor de todos para Fermín y de los que vinieron después, más. El gerente del banco mandó a su secretario privado a convocarlo a su despacho y él se dispuso a responder el llamado de inmediato. Sería la primera vez que pisaba esa majestuosa oficina estando el gerente presente. Siempre la ventilaba y limpiaba, pero solo cuando aquel se había retirado.


Antes de presentarse, escurrió la mopa, vació el balde de agua y guardó todo en el cuarto de limpieza. Enseguida, pasó por el baño del personal y sacó el pequeño peine que llevaba en el bolsillo trasero del pantalón. Mirándose en el espejo amarillento y cuarteado, se revolvió el cabello y lo alisó con abundante agua. Luego, trazó una raya perfecta desde la parte posterior de la cabeza hasta una sien, pasándola con maestría por arriba de una oreja. Por fin, tomó el largo puñado de pelo que había dejado crecer en ese costado y lo llevó hacia el otro costado. Así, se alfombró la cabeza.


Golpeó con timidez la puerta alta y de dos hojas de la oficina del gerente y, a una orden de este, ingresó. El gerente lo recibió con unas palmadas tan fuertes en la espalda que casi le arrancan un gemido. No había pegado un párpado al otro durante la noche a raíz de los dolores que le provocaba una hernia de disco. Hacía tiempo que tendría que haberse sometido a una cirugía, pero la mutual no había cerrado convenio. Como el médico del hospital le había dicho que las hernias se producen porque los discos se van secando a causa de la pérdida de agua, había adquirido la costumbre de consumir mucho líquido durante todo el día, aunque sin resultados a la vista para la columna. Por el contrario, como la próstata le estaba obstruyendo la uretra, en lugar de dormir, pasaba las noches levantándose de la cama para ir al baño a orinar. Con el tiempo, este asunto tan molesto, le había provocado un insomnio muy terco. Por ese motivo, el urólogo le había recomendado que fuera a un psiquiatra para que le recetara unas pastillas para dormir. Entonces fue al psiquiatra, pagó la consulta –si bien la mutual había cerrado el convenio, en ese momento estaba suspendida–, compró las pastillas y al llegar la noche tomó la dosis indicada. A la mañana, amaneció orinado por completo. Incluso, tuvo la desgracia de orinarla un poco a su esposa, quien padecía de reuma. Como ella había permanecido varias horas húmeda y con frío, ese día no había podido levantarse de la cama siquiera. Cuando Fermín le contó tamaño percance al psiquiatra, este le contestó: “La cosa es así Fermín, o dormís y te orinás, o, no te orinás, ni la orinás a tu mujer, pero no pegás un ojo. Vos elegí”.


El gerente lo invitó a sentarse en uno de los varios sillones que estaban al lado de su gran escritorio, mientras él lo hacía en otro. Al mismo tiempo, llamó a su secretario, le pidió que le preparara un té de manzanilla y que le trajera los audífonos. Tenía solo el cincuenta por ciento de audición en un oído y cero por ciento en el otro. “¿Vos qué querés tomar, Fermín?”, le preguntó a los gritos. “Nada, gerente, muchas gracias”, le respondió pudoroso. El gancho de la dentadura postiza superior se le había salido durante la noche y, para no faltar al trabajo, había salido del paso con un dudoso pegamento. Tenía miedo de quedarse sin dientes en esa situación si se humedecía la masilla improvisada.


El secretario llegó con el té y la novedad de que acababa de hablar la esposa del gerente avisando que los audífonos de su marido habían quedado en la gaveta del auto. “¿Vos me escuchás bien, Fermín?”, preguntó el gerente a los gritos. Fermín le contestó que sí y se quedó pensando por qué le preguntó eso si el que tenía problemas de audición y necesitaba escuchar bien era el gerente y no él. “Tan inteligente para ser gerente y, sin embargo, tan confundido”, siguió pensando. El secretario, a su vez, pensó que Fermín escuchaba perfectamente, pero le servía de muy poco su buena audición si, en cualquier caso, pobre, no comprendía lo que escuchaba y bien que todos lo sabían en el banco.


El gerente no dio rodeos. Le dijo que, desde hacía un tiempo ya, venía meditando que el momento de su jubilación había comenzado la cuenta regresiva y consideraba óptimo ascenderlo. Salvo para cuestiones vinculadas al foot ball, en el léxico de Fermín no figuraba la palabra “ascenso”. Nunca había dicho “voy a ascender a la terraza”, sino: “voy a subir a la terraza”; o “voy a ascender hasta el techo por una escalera”, sino: trepar; “voy a ascender los brazos”, sino: alzar. O, “cuando me muera voy a ascender al Cielo”, sino, directamente, “¡me voy a ir al Cielo!”, lo que por otra parte en él sonaba extraño, como si fuera pretencioso y no se le ocurriera hacer una pasada siquiera por el Purgatorio. De manera que no solo sintió una decepción horrenda que a duras penas pudo disimular, sino una gran desconfianza porque si había un vicio que tenía era, precisamente, ese: la suspicacia. “¡¿Un ascenso de qué?! ¡¿Dónde?!”, solo atinó a preguntar. El gerente le explicó que si por él fuera sería al primer escalafón administrativo, pero eso era imposible pues se trataría de un acto de corrupción que iría en desmedro de otros muchos empleados que tenían más derechos por méritos tanto laborales, cuanto personales. Por eso, el ascenso sería al último escalafón, lo que no solo era admisible, sino igual de provechoso pues representaría para él un considerable aumento del sueldo y, a posteriori, del haber jubilatorio. Fermín no entendió qué era escalafón y qué administrativo. “Pensé que me mandaría a limpiar el segundo piso”, le dijo con una expresión de reproche. Conocía de memoria el primero y bastante del segundo; sin embargo, al último jamás había entrado. El gerente, riéndose, argumentó que eso no sería un premio a su bonhomía, honradez y contracción al trabajo durante décadas. Mandarlo al segundo piso, atestado de muebles en desuso y de papeles, por lo que suponía que también de pulgas y polillas, sería un castigo. “Estoy acostumbrado a los castigos desde que tengo uso de razón, gerente. También, a combatir pulgas y polillas con mucho éxito. Y si es cierto que no quiere castigarme, no me mande al último”, remató ya algo envalentonado. Como el gerente no lo escuchó, le pidió que se lo repitiera apantallándose el oído sano. Fermín aprovechó para desahogarse y le gritó mucho más de lo necesario. Al cabo, el gerente afirmó que de aquello no le cabía duda alguna. Si él no fuera un experto en las materias vinculadas a la escoba y el plumero, productos anti bichos y afines, no habría explicación para que un edificio de tantos años como ese se viera igual que recién estrenado. “Discúlpeme gerente, pero si usted reconoce mi gran experiencia en limpieza y, sin embargo, la desdeña, no me queda otra opción que pensar que me miente y subestima”, se atrevió a increparlo abiertamente y si no dijo más fue porque sintió que la dentadura se le despegó de un costado. El gerente comenzó a azorarse. Le explicó que, precisamente, porque lo estimaba pretendía mejorar sus condiciones de trabajo presentes y futuras. “Ah jajaja, ahora voy cayendo en la cuenta. Si me habla de mejorar mis condiciones de trabajo y esa mejora consiste en subirme al último piso, es porque usted está convencido de que mi labor desde hace casi cuarenta años es peor que la que desempeña el empleado más raso de todo el banco”. El gerente, colorado, le dijo que con seguridad ese no era un buen día para él; tal vez, tendría problemas en el hogar o se sentiría enfermo, por lo que estaba dispuesto a tenerle paciencia por hoy. Así, volvió a explicarle que al hablar de mejorarle las condiciones de trabajo se refería a un sueldo mayor, entre otras cosas. “Significará más plata, más platita en el bolsillo todos los meses”, enfatizó. “Usted será mi jefe y además doctor, aunque no por eso tiene derecho a ofenderme deslizando, como quien no quiere la cosa, que tengo el signo pesos en la frente. ¡Eso sí que no, señor!”. El gerente no daba crédito a lo que estaba escuchando, a tal punto que llamó a su secretario de testigo y en su presencia le aclaró que en ningún momento deslizó que fuera hombre metálico. Todo lo contrario, siempre lo creyó demasiado bonachón para este mundo en el cual el que no corre, vuela. “¡Esto es el colmo!”, gritó Fermín. “¿Qué quiere decir? Que si no corro, ni vuelo, ¿me arrastro? ¿Que soy un rastrero, acaso?” El gerente miró al testigo, buscando asegurarse de que ambos escuchaban lo mismo. Como lo confirmó, respiró profundo, contó hasta veintisiete y retomó las explicaciones. “El hecho de que una persona no corra, ni vuele, no significa que se arrastre. Perfectamente, puede caminar”, le dijo. “¡Ja! No sea ignorante, ni me haga reír por favor. ¿Usted cree que un edificio que es una antigüedad, una reliquia de ciento cincuenta años, como este, se mantiene caminando, empujando una pierna y después otra?” El gerente, que ya se rascaba la cabeza, ofuscado, conminó a Fermín a dejar de hacerse el loco o, caso contrario, se vería obligado a aplicarle una sanción que bien podía ser el despido. El secretario intentó hacerse escuchar: Fermín no se hacía, era. Pero el gerente no lo alcanzó a oír. Fermín comenzó a gritar: “¡Usted es un dictador! No solo intenta llevarme al último piso, seguramente con la intención aviesa de que el techo se me derrumbe en la cabeza; no solo me subestima; trata mi trabajo como el peor de todos aquí; me califica de materialista; me insulta diciéndome rastrero; se burla porque no sé correr, ni puedo volar y me agrede diciéndome que soy loco, sino que, encima, ¿me amenaza con aplicarme una sanción?” El gerente se dio por vencido y le reconoció que sí, que lo había subestimado porque nunca se le cruzó por la cabeza que pudiera ser tan retorcido, lo cual exigía de una mente suspicaz que él jamás creyó que la tuviera. “¡Por eso, por retorcido, queda despedido!”


Cuando Fermín llegó a su casa le contó a la mujer que su jefe lo quiso “ascender”. “¡¿Y?!”, preguntó ella con la voz temblona de la emoción. “Tranquila, me defendí como pude”, contestó orgulloso.


Lis Claverie


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