VACÍOS



Lo compré en un vivero de mi barrio para llenar vacíos. Un vacío en el parque de la casa que me incomodaba y tironeaba de los ojos cada vez que lo veía ‒como lo hacen los cuadros torcidos o los objetos a punto de caer‒ y otro en el tórax, justo a mitad de camino entre la garganta y el ombligo, que nadie podía ver porque estaba alojado muy adentro, entre órganos, huesos y cartílagos.


Yo sí lo percibía y lo cargaba como a un madero con forma de cruz.


A veces tenía la sensación de que el esófago se enangostaba, que sus paredes se pegaban, al tiempo que el vacío adquiría mucho peso; entonces, yo ayudaba al cuerpo a sostenerlo llevándome una mano al pecho, no fuera a suceder que cayera al exterior por ósmosis. Solo por ósmosis habría podido salir en ese momento, porque era incapaz de expulsarlo por mí misma.


No era condición que se tratara de mi propia mano la que lo contuviera. También una ajena podía hacerlo, aunque eso era más problemático. No siempre hay personas dispuestas a ayudar y además yo era pudorosa, de manera que me inhibía el andar por la vida pidiendo una mano para apoyarla en mi pecho.


Recuerdo que en una oportunidad había adquirido tanto peso y estaba tan convencida de que habría de caer, que se me ocurrió ir a una masajista. Qué idea extravagante, ¿no? O desesperada, quizá. Le pedí que me aflojara las contracturas que tenía en la espalda, una excusa. Luego, con timidez, le pregunté si podía hacer eso: apoyar su mano en mi pecho. Usted sabe, le dije, tengo un vacío allí que clama a gritos ser aliviado.


Sin embargo, me di cuenta de que el vacío era melindroso y no le daba lo mismo cualquier mano ajena: la de una profesional contratada y paga no lo conmovía. Él quería una mano a título de liberalidad y, aún más, una mano altruista que solo actuara por puro cariño. ¡Pero el altruismo había caído en desuso y ni tan siquiera me constaba que la palabra misma existiera en el diccionario!


Cada tanto, mi vacío me daba pena. Y cada tanto, rabia. Esto último ocurría cuando me provocaba arcadas por las mañanas, me cerraba el apetito y me dificultaba la respiración.


En algunas oportunidades, tenía la sensación de que se ensanchaba y llenaba de líquido. Un día, incluso, escuché un leve movimiento acuoso en mi pecho primero y en mi cabeza después. Pensé que iba a explotar. Llamé a un servicio de emergencias médicas. Ellos me dijeron que se trataba de líquido pleural que sería reabsorbido por el organismo. Pero no fue lo que sucedió, sino que salió todo afuera por los ojos y hasta por la boca mientras mi pecho hacía unas danzas convulsivas muy extrañas y la garganta, en lugar de articular palabras, producía sonidos que parecían aullidos de loba herida.


En suma, puedo afirmar que los médicos se equivocaron: ni siquiera se trató de emanaciones de la pleura, sino de agua. Agua transparente y salobre. En rigor, lágrimas. ¡Ríos de lágrimas que me disolvieron y llevaron, toda entera, al mar! Así fue, porque así lo sentí.


Un día, gran día, vino a mí una idea: elegir al ser más indefenso y necesitado de amor que se presentara en mi camino para dedicarle mi tiempo. El “más”, la indefensión y la necesidad de amor eran la conditio sine qua non ‒nada de gatitos siameses de ojos azules fosforescentes, nada de perritos estrella con moñitos colorados en la cabeza, nada de snobismo‒. Luego, yo debía hacer por ese ser que elegiría, lo que la vida no había hecho por mí.


No era amante de la botánica. Sin embargo, puesta a pensar en la más indefensa de todas las vidas, se me ocurrió… ¡un árbol! Si, si, un árbol. Y hasta suena ridículo que lo cuente porque, precisamente, la indefensión de las especies vegetales en general los transforma en presencias ausentes… figuras desfiguradas… testigos mudos, pero no sordos, ni ciegos… casi piedras con una esencialidad invisible a los ojos.


Y entonces, para llenar vacíos, fui a un vivero.


Estaba molesto en un rincón junto a varios otros de su especie. Mientras todos se lucían enhiestos, el que sería mío yacía caído en horizontal. Cuando lo puse en pie me di cuenta por qué había pasado esto: sencillamente, tenía el doble de tamaño que los demás, pero había sido plantado en un pan de tierra demasiado pequeño para su porte, un típico caso de desidia y desatención. Tenía un tutor de caña al que había sido atado a la altura del cuello, de la cintura y de los tobillos. Tantas ataduras, más el hecho de haber estado tumbado, le habían afectado la circulación y la respiración. Por eso, cuando lo levanté, las ramas recostadas sobre el delgado tronco y sus hojas ya pardas se separaron de aquel y se suicidaron en el piso.


Lo cargué y me dirigí a la señorita de la caja. Extrañada, me dijo que eso ya no era un árbol, sino solo sus despojos. Le contesté que sí, que era consciente de que estaba pagando por un… ¡tronco! Sí, sí. Le confesé que mi propósito era darle amor para que se recuperara y volviera a ser un árbol.


Caminando las veredas que me conducían de vuelta a casa, lo miré. Y en él, me vi. Era yo, yo huérfana, yo indefensa, yo golpeada, yo traicionada, yo maldecida, yo extenuada. Era yo y mis partes inmoladas.



De "UN ALMA PARA DOS"

Lis Claverie


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